Vigésimo Tercera entrega


En mi visita a la capital también quiero ir a ver a mi compañero Rafael que se halla en una situación delicada según me contó Ricardo. Fue nombrado Vicario de una céntrica parroquia de la ciudad y allí está. Es un hombre bueno, todavía muy joven. No se le ha ocurrido otra cosa que decirle al párroco que es gay, lo que ha tenido como consecuencia un disgusto fenomenal por parte de éste y una bronca descomunal hacia él. Coño con la gente, ¿por qué tenía que decir nada? Bueno, pues no contento con eso y al ver la reacción, fue a su casa y se lo contó a sus padres con quienes todavía vive. No le hablan, así que se ha quedado más solo que la una y con el párroco intentando vigilarlo constantemente. Iré a consolarlo. Me sabe mal. No hemos tenido demasiado roce pero es tan bondadoso que me recibirá bien.

Cuando ya he hecho mis gestiones en palacio, me voy caminando hacia la parroquia de Rafael. Me pilla cerca. Cuando me ve se alegra ya que hace mucho tiempo que no nos vemos. Le pregunto cómo le va la vida y me cuenta casi lo mismo que me había dicho Ricardo. La misma historia, pero añade que se ha derrumbado y no puede llevar su cruz a la espalda, no puede acarrearla y no tiene tampoco un cireneo que le alivie la carga. Solo Dios, pero no se atreve a ponerse en su presencia porque ha caído muy bajo. Le digo que vayamos a comer, que pago yo. Me dice que él no puede aunque quiera porque el párroco lo ata muy corto en dinero y en todo. Entramos a la sacristía para que le diga que nos vamos. Al ver que viene conmigo no dice nada. Jolín, yo no sé si aguantaría todo este control pero él es una oveja mansa. Ya en la comida me va vomitando su problema: como no tiene dinero ni quiere que le descubran, cuando acaba de decir misa y ya ha anochecido, se marcha a dar una vuelta e indefectiblemente acaba en la Arboleda del Este donde -yo no lo sabía- hay pajilleros y mamones que te hacen una faena por muy poco dinero. Son relaciones con gente sin rostro porque la oscuridad no te deja ver al otro, solo sentirlo. A la hora de la cena ya está en su casa para que nadie note su ausencia. No puede dejar de ir. De lo mío no le cuento nada, ni siquiera le digo que también soy gay, pero le consuelo diciéndole que ya saldrá del agujero negro donde anda, que a veces es preciso tocar fondo antes de subir, que lo malo no es caer sino saber levantarse, que lo intente pero que no se amargue la existencia, que Dios todo lo comprende, que su inclinación ni la ha pedido ni la ha comprado, así que qué le vamos a hacer, y que rece mucho cosa que yo ya no hago. Cuando salimos del figón nos despedimos y cada uno toma su camino. Rafael es corto de talla y delgadito, una menudencia, vestido con pantalón vaquero y zapatillas de deporte, parece mucho más joven de lo que es, y es sensible e inocente como pocos. ¡Qué mala suerte!

Después de hablar con él me siento todavía peor. He de hacer lo posible para cambiar de parroquia a una mejor, donde pueda hacer más cosas, donde gane más. La pasión que tengo por los objetos buenos me hará olvidar “las otras pasiones”.

Hace frío porque estamos en invierno y me levanto el cuello y las solapas del abrigo. Mientras estoy en esa maniobra, me doy de narices con Lázaro, la Gargamela. Es verdad, cada día se parece más al malo de los Pitufos, hasta anda un poco encorvado como él. Me saluda efusivamente, que dónde estoy, qué es de mi vida, lo que sé de otros compañeros... Nos vamos a tomar un café. Hablamos. Yo no he de volver a una hora fija porque ya dije la misa de hoy. Nos entretenemos. Me invita a visitar un día el seminario que tantos recuerdos nos trae. Yo me acuerdo en seguida de la madrugada que nos vimos, cada uno saliendo de una habitación y se me atraganta el humo del cigarrillo que estoy fumando. Le digo que sí, que iré y entonces me convida para asistir a la fiesta de Carnaval que desde que está de superior se celebra. Es una fiesta de disfraces y los seminaristas lo pasan muy bien. A ver qué traje se me ocurre.

Cuando nos despedimos pienso en la fiesta. No estará mal asistir y ¿de qué podría ir vestido? Antes de marcharme de la capital me paso por un comercio en el que alquilan trajes de todo tipo para teatro y comienzo a elegir el disfraz que llevaré. Estoy dudando entre uno de jeque árabe y otro de faraón egipcio. En realidad, me encantaría llevar uno de geisha con peluca negra y kimo   no de raso azul con estampado de flores de cerezo pero  es demasiado extremado. Me decido por el de faraón.     Es precioso, doy una paga y señal y me lo guardarán para ese día.

Al llegar el viernes de la fiesta digo la misa por la mañana y me voy pitando para que no me dejen sin traje. Lo vuelvo a ver y me gusta más aun que el día que lo elegí. Es una túnica de terciopelo azul marino con mangas rematadas en puños largos de franjas doradas con pasamanería superpuesta roja y azul de tiras muy finitas. El mismo motivo se repite en el cinturón, en el cuello y en el dobladillo de la falda. El nemes va combinado con bandas doradas brillantes y terciopelo azul de diferentes gruesos. Como complementos llevaré los dos cetros rituales, el flagelo nejej y el cayado heka. Pago y salgo para el seminario. Al entrar, me saluda el portero que aun me recuerda. Le digo que vengo a ver a Lázaro, el rector. Le llama por teléfono mientras me dirijo hacia su despacho. Hablamos, nos reímos, me pregunta por mi traje, le digo que es un secreto hasta que haga mi entrada triunfal. Primero cenaremos, como siempre, con los seminaristas y los profesores y luego nos reuniremos en el salón de la música. Propongo que seamos anunciados por un seminarista a medida que vamos entrando con un golpe seco en el suelo de una de las alabardas que se guardan en el museo. Me lo aprueba en seguida.

Después de la cena, recordatorio de cuando era estudiante, cada uno va a vestirse. Cuando Pedro, el seminarista vestido de chambelán que han puesto a la entrada, anuncia mi llegada, me reciben con risotadas, aplausos y jolgorio general. Me he pintado los ojos con lápiz negro remarcándolos y alargándolos. Solo estamos Lázaro y yo y los demás son los seminaristas que han querido venir. Unos quince en total. Hay algunos tan ñoños que les ha parecido mal y no asisten. Entablo conversación con algunos, me embromo con otros, hay licores y bebemos y, a eso de las once de la noche se abre la puerta y aparece el familiar del obispo. Detrás viene él. Me transformo en una estatua, rígido y asustado pero nadie parece preocuparse. Lázaro va a recibirlo y le estrecha la mano cordialmente. Gracias por haber venido, le echábamos de menos, qué contentos estamos… El obispo, majestuoso como siempre, viene vestido de sotana y muceta negra con ribetes morados y un manteo por encima, como corresponde. No sé por qué se me representa que el único que va disfrazado es él y me viene a la mente la esclavina de marta cibelina que quería llevar Agustín por la calle. Me extraña su presencia y su afabilidad. Se queda unos diez minutos en los que el jolgorio, las bromas y las risotadas bajan de nivel pero no cesan. Después, muy egregio, se despide de nosotros, nos desea que lo pasemos bien y él y su familiar se van. Al cabo de un instante echo de menos a Juan, un seminarista de ojos verdes que va vestido de Luis XIV. No pregunto.





















Capítulo XII.

“Para terminar, dejad que os robustezca el Señor con su poderosa fuerza. Poneos las armas que Dios da para resistir a las estratagemas del diablo.”[1]

Conchita ha seguido viniendo cada quince días. Ella está como siempre y yo hago esfuerzos para que mi actitud también sea la misma pero no consigo la confianza que había caracterizado nuestra relación. Me siento resentido y días antes de su llegada, el pecho se me inunda de una inquina contumaz que a duras penas puedo reprimir para que no se me note en su presencia. Menos mal que las visitas son cortas.

Las cosas no le van bien. Siente a Pablo cada vez más lejano, como si viviera con un desconocido. Ella, que nunca había compartido ninguna de sus penas, algunos días gasta el tiempo de la visita, no preocupándose de mis asuntos como era habitual, sino contándome los suyos. Yo estoy violento porque no sé escuchar, no sé qué decir, no sé si he de pedir aclaraciones sobre lo que dice. Es curioso, me doy cuenta ahora de que siempre la he utilizado para descargar mis penas pero nunca la he escuchado. Me explico mal, no he escuchado a nadie. No he preguntado a nadie, más allá de la convención social, cómo se encontraba, qué era de su vida, ni he tenido interés real en saberlo. Me quedo callado y, en cuanto puedo, hablo de mí para cambiar de conversación.

Supongo que cuando hago estas cosas, mi interlocutor debe sentirse infravalorado e incomprendido pero no sé hacerlo de otra forma. Me siento incómodo ante las confidencias ajenas. Quizá por eso me gustaba tan poco confesar y no me sentaba en el confesonario salvo que fuera imprescindible y no me pudiera escaquear.

El tiempo en la prisión se me hace rutinario. Me levanto, me aseo, me voy a la biblioteca los días que trabajo, y atiendo a los ordenanzas. Ahora solo hay tres presos que tienen permiso para poder estar allí y estudiar. Uno de ellos, Alberto, es un crío, apenas tiene dieciocho años y ya está en el maco. Tuvo la desgracia de nacer en un bloque del barrio de La Tafalera de Elda, donde sus padres habían ocupado una vivienda. El Ayuntamiento decidió derribar el bloque, de propiedad municipal y en estado ruinoso y lleno de okupas en su mayoría gitanos y el resto inmigrantes, que se dedicaban al negocio de la droguería. Alberto no era gitano ni extranjero pero su padre, alcohólico de profesión, una vez ocupada la casa desapareció y dejó a su madre con cuatro críos a su cargo. Cuando los echaron, Alberto ya tenía catorce años y decidió sobrevivir por su cuenta porque su madre tampoco es que se desviviera por él. Se vino a la capital de esta provincia donde pedía limosna en la calle y dormía en un portal envuelto en cajas de cartón. De esa situación a ganarse la vida como camello y chapero solo hubo un pequeño paso. Lo pillaron en una redada con cinco gramos de farlopa y dinero en billetes menudos y lo enchiqueraron. Alberto tuvo mala suerte porque por ese asunto habría entrado y salido del maco en el mismo día pero le tocó un juez estricto que lo tenía en preventiva porque estaba vendiéndola en la puerta de un instituto de enseñanza secundaria. Cuando lo encerraron pensó, cosa rara, que podía aprovechar el tiempo para estudiar el Graduado Escolar. Es un buen chico, un poco gordito e ingenuo, con carita de angelón. El equipo técnico, ante la insistencia del psicólogo, le autorizó a estar en la biblioteca cuando ésta estuviera abierta. Y así le conocí.

El primer día entró medroso y huidizo, acompañado del psicólogo. Se me encargó que dirigiera su aprendizaje e informara sobre sus progresos. Le acogí con calidez y le quité el miedo. Poco a poco me fue contando su historia; al segundo día me confesó que no disponía de dinero y le pasé cinco euros. Me dijo que en la calle conocía a un señor que quizá podría ayudarle. Me dijo quién era. Es curioso pero ya no me sorprende nada, quizá he perdido mi capacidad de asombro que es una de las peores cosas que te pueden pasar. Resulta que el tal señor vivía en una Iglesia, se llamaba Marcelino y tenía entre cincuenta y sesenta años. Era uno de sus mejores clientes. Le pagaba una cantidad mensual fija y tenía obligación de ir a verle a la Iglesia donde vivía, que estaba en la parte antigua frente al mercado, todos los jueves a las diez de la mañana. Cuando acababa el servicio se largaba. No había podido despedirse de él ni decirle en qué situación se hallaba. Como no había acudido, este mes no había cobrado y no tenía nada.

D. Marcelino. D. Marcelino. Le recuerdo con el clerygman impoluto, la camisa negra con cuello romano, la piel tersa, la cara ancha y el cabello lleno de canas prematuras, rizado y corto, siempre preocupado porque la tiza no le rayara el negro del traje. Venía, daba su clase de Patrística y se iba sin dignarse a tratar a nadie un poco más íntimamente. Era el profesor más joven que tuve y ya entonces había acabado su doctorado sobre la libertad humana y la providencia divina según no sé qué padre de la Iglesia. Una eminencia en el tema. Continuó de profesor en el seminario y estaba adscrito a una parroquia próxima, en la que en el edificio anexo había una residencia de sacerdotes atendida por religiosas. Publicaba libros sobre el tema regularmente y colaboraba con asiduidad en una revista patrocinada por el Obispado.

Así que D. Marcelino también tenía su punto flaco. Es cierto que cuando nos hemos encontrado en alguna celebración, reunión, comida, siempre le he visto socarrón y “tirando chinitas” si ibas acompañado de algún seminarista o de cualquier muchacho jovencito, pero no me imaginaba yo esto.

Le dije que claro que tenía que recurrir a él, que yo buscaría sus apellidos y la dirección correcta para que pudiera enviarle una carta. Candoroso me preguntó qué cantidad le pedía y yo le dije que lo mismo de siempre, lo que le diera cada mes. No me costó ningún esfuerzo encontrar los datos que prometí buscarle. Él tenía el número de su teléfono móvil. Le medio redacté la carta y le hice poner que había hablado con Remigio, que era un cura estupendo y que se preocupaba mucho por él. Esto último era cierto pero yo deseaba que se lo dijera porque así el tal Marcelino pensaría que Remigio estaba enterado de todo. ¿No estaba yo en la trena? Pues que cada palo aguante su vela, coño, que estoy harto de ver que todos hacen lo mismo y solo lo pago yo.

Ni qué decir tiene que la carta no obtuvo respuesta. Después de una semana de enviada, le sugerí que le llamara por teléfono. Yo no podía acompañarle porque él estaba en el módulo de preventivos y solo nos veíamos en la biblioteca, pero al día siguiente me lo contó. Le dijo que no le llamara más y le colgó el teléfono.

Lo mejor de todo fue que, creyendo yo que del asunto no me enteraría de nada más, al cabo de unos días, Remigio me comentó, sin recelar lo más mínimo, que tenía que hablar con Marcelino ya que éste le había estado llamando insistentemente al móvil pero no había podido atenderle por estar ocupado. Me reí para mis adentros. En este mundo pagarías por saber algo hoy y mañana te lo cuentan gratis. Es tremendo. El mundo no es un pañuelo, es un kleenex y, además lleno de mocos. Supongo que le llama para darle explicaciones de por qué conoce a Alberto y se va a llevar un chasco porque Remigio no tiene idea de nada. En fin, si no va con pies de plomo lo enterará él mismo. Lo que no está nada mal.

Fue mi pequeña venganza contra el mundo. Mezquina y rastrera si se quiere pero venganza. Cuando se llevaron a Alberto me sentí más solo si cabe. Tuvimos una amistad limpia y desigual porque él era más joven, más cándido, más inexperto, más inculto… pero mucho más noble que yo. Era un chico bueno al que la vida lo había traicionado nada más nacer. Pero lo aceptó tal cual sin cuestionarse por qué a él y no a otro. La vida era eso que tenía y no otra cosa. No he vuelto a saber nada de Alberto. Tampoco sé si me habría gustado volver a verlo en otras circunstancias o prefiero quedarme con su recuerdo. Decididamente su recuerdo me basta; creo que de haber tenido más trato, me habría enamorado como un tonto de él. A pesar de que habla diciendo cosas como “asín”, “nos sentemos” -por nos sentamos-, “porque semos personas humanas”, “que me dao una panzá de reir” y otras expresiones por el estilo.

Uno de los días que vino mi hermana a visitarme, la encontré descompuesta. El sufrimiento se le notaba en la cara. Comenzó preguntándome cómo me iban las cosas, si tenía ya alguna noticia sobre el tercer grado, si quería que me alquilase una casa o quería irme a vivir con ella cuando me soltaran. Entonces estalló en una llorera desesperanzada y mansa. Se repuso en seguida, como si no pudiera llorar y menos delante de una persona que la necesitaba. Y como todo el mundo acudía a ella cuando la necesitaba porque daba cobijo a todos cuantos podía, se había acostumbrado a no llorar nunca. Fue un golpe verla así, acabada, ojerosa, desilusionada, sin esperanza, sin confianza. Ella, que había sido mi soporte y el de muchos durante toda su vida. Sacó un pañuelo de papel y se limpió rápidamente las lágrimas y los mocos. Alzó la vista, me miró ya repuesta y me dijo que Pablo se había ido de casa, se había ido a vivir con Margarita, una compañera de trabajo a la que le doblaba la edad. Se lo había dicho el domingo anterior y Conchita no lloró ni le puso mala cara, no se enfadó, no le gritó. Simplemente, como se esperaba de ella, le facilitó las cosas. Le arregló la maleta. Le ayudó a recoger sus pertenencias. Le dijo que ya arreglarían el reparto de los bienes, que no pasaba nada, que esas cosas suceden y es comprensible, que no tuviera ningún recelo, que ella estaba bien, que habrían de avisar a las hijas, pero que no tendría ningún problema con ella… Aguantó el tirón como pudo y fue ya cuando se quedó sola, con el montón de cosas de Pablo guardadas en cajas que dormían en la habitación que hacía de despacho, cuando tomó conciencia de lo sola que estaba. Las hijas fuera. El marido había dejado de quererla. Ya solo le quedábamos los hermanos y el sobrino para tener a alguien a quien cuidar. Nuestros padres habían muerto, las hijas y los nietos estaban lejos, Pablo había desertado.

Si he de ser sincero no me dio pena ver su sufrimiento; me dio un poco de miedo por si dejaba de venir, la necesitaba. La consolé diciéndole que Pablo nunca había estado a su altura, que ella lo había querido mucho más a él que él a ella, que había perdido poco, que se acostumbraría pronto, que… Lo que quería es que acabara cuanto antes este duelo para el que no estaba preparado.


[1] Carta de San Pablo a los Efesios, 6, 10-12

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