Vigésimo Sexta Entrega



Mi entrada en Monteliebre fue sonada. En cuanto salió mi nombramiento en el Boletín del Obispado mandé hacer unas estampas impresas con un grabado de la Inmaculada, copia antigua del cuadro que preside el altar mayor, y dentro, en letra Vivaldi dorada, una invitación a mi toma de posesión. En la parte posterior mandé poner una foto virada en sepia de forma ovalada del propio templo de Monteliebre. Las envié a familiares, amigos, feligreses y autoridades de uno y otros pueblos. Por lo demás, fue una entrada normal, acompañado de mis amigos curas Ricardo, Bernardo, Luis, Jorge, Benito, Julián, Lázaro, Rafael, y otros que no recuerdo en este momento, también estaban los del arciprestazgo y el vicario episcopal de la zona, Antonio. Vino también mi familia y otros amigos. También estuvo Cati. Le envié una invitación y vino. Hacía varios años que no la veía y estaba como siempre. Había acabado trabajando en Bruselas ¡¡para la OTAN!! Caray, la vida cómo es. Ella tan de manifestaciones a toda hora contra todo y particularmente contra las guerras y demás y acaba trabajando en un organismo de alianza militar. Me alegré mucho de verla. No se había casado ni tenía pareja fija. Se la presenté a Bernardo y a Ricardo diciendo que era mi novia más querida de juventud. Ricardo se calló pero Bernardo me dijo riendo: Si, ya me imagino que te encantaría y la querrías mucho. Si supieran lo mucho que aprendí de ella…

Antes había enviado un centro de flores a la Alcaldesa del pueblo con un billete anunciándole que la visitaría tal día y a tal hora y que si no podía que me llamara para concertar cita a conveniencia de los dos. El día que le decía en mi aviso, fui a verla. Era una mujer gordita, de unos treinta y cinco años, que me causó buena impresión en cuanto a persona pero mala en cuanto que no tenía ninguna cultura y menos artística. Matilde confesó que no era creyente pero que su pueblo era católico hasta la médula y ella no podía dejar de asistir a cuantos actos religiosos se realizaran porque era la alcaldesa de todos. Era tímida o no estaba acostumbrada a ejercer un cargo público porque no se le notaba soltura sino cortedad. Le llevé personalmente la invitación a mi toma de posesión y enseguida llamó al Concejal de Fiestas, Sisebuto, para que organizara un día de fiesta lucido: calles adornadas, banda de música, fuegos artificiales, y una pequeña procesión del cortejo de clérigos, acompañado por los familiares, amigos y feligreses, que pasara por la calle mayor llena de gente, parara frente al Ayuntamiento, donde ella daría la bienvenida al nuevo párroco y continuaría con él y el Vicario Episcopal hasta el templo, que Ángela ya tendría abierto de par en par. Había que reservar bancos para el Ayuntamiento en pleno y para mi familia. La Iglesia era una bombonera pero no excesivamente grande por lo que gran parte de la gente que me acompañó tuvo que quedarse en el zaguán de entrada y en la escalinata, y aun otros en la plaza. Después, propuesto por mí, pero secundado por Sisebuto -¡vaya nombre!-, y aprovechando que hizo un día veraniego pero sin calor excesivo, se dispusieron mesas en la calle para que, al atardecer, todo el pueblo pudiera disfrutar de un vino español. Yo estuve en los comienzos, y saludé a todo el mundo con gran cordialidad, pero después el Ayuntamiento nos invitó a Antonio y a mí a cenar en el mejor restaurante del pueblo, el que está en la antigua estación de ferrocarril. El Ayuntamiento corrió con todos los gastos. Lo único que me jorobó es que invitaron al Pastor de la Iglesia Evangélica. Teníamos protestantes en el pueblo. Vaya.

Días después de mi entrada, para enojo mío, el PSOE volvió a ganar por tercera vez las elecciones en España, y Matilde, del PP, en Mayo siguiente volvió a ganar en Monteliebre. Todo seguía igual.

El periodo siguiente a mi toma de posesión fue una riada de gente, antes y después de las misas, que querían saludarme y darme la bienvenida, aprovechando para ofrecerse en lo que necesitara. Entre todos ellos, vino un señor enjuto y no muy alto, con canas en la cabeza, que me pareció un poco plasta. Se trataba de Manolo con quien tanto roce hube de tener después.

Mandé traer mis muebles desde Aguabuena con todo el cuidado del mundo y los fui disponiendo en la casa. Antes la hice adecentar un poco, reparando las tallas del techo, instalando calefacción y pintando. Las cortinas las tuve que hacer nuevas pues las que traía no podían acoplarse a los ventanales. Eran pequeñas. La casa tenía una entrada grande de techos muy altos, con zócalo alto de azulejo pintado a mano, antiguo. La pintura de los techos hacía guirnaldas de flores y ramas de plantas. El suelo, de baldosa hidráulica hacía dibujos en varios colores. A los lados dos habitaciones enormes con alcoba. Después, a la izquierda un baño y otro cuarto con ventana al patio y a la derecha la cocina. Al fondo se abrían unas puertas con vitrales modernistas que inundaban de luz la casa desde un patio grande, con el suelo de ladrillo rojo de barro cocido, en cuyo extremo había una puerta que comunicaba la casa con el gran pinar que se atisbaba desde fuera y que constituía un trozo de monte particular de la casa.

En una esquina del pinar, en unas tablas pegadas a la pared del muro de la casa había una pequeña huerta, regada con una manguera desde el interior, que mi antecesor usaba como distracción y que tenía plantadas todavía tomateras, pimientos, calabazas... pero en un estado lamentable. Como yo no tenía afición al cultivo de nada, la parcela acabó pareciendo una selva en miniatura.

Fue dificultoso ir acoplando todos los muebles. Dejé la entrada despejada, con mi arcón de la tríada capitolina a un lado de la escalera y al otro, un paragüero de ébano. Enfrente, a la izquierda de la casa tenía la cómoda panzuda francesa y un piano vertical. Encima de la cómoda un espejo modernista, apaisado, con marco tallado y en su interior una cenefa de plata rodeándolo. En la habitación de la derecha dispuse el salón-comedor y en la de la izquierda mi despacho particular. Arriba hay tres habitaciones y dos baños, en una de las cuales mandé poner mi cama fernandina y arriba en la pared el tapiz, que hallé rebuscando entre los cachivaches de un anticuario, que representaba la Virgen de la Silla, encuadrado en un marco ovalado que me mandé hacer.

La casa es grande y antigua pero está en muy buen estado. El patio le da mucha vida y tiene una fuente en una de las paredes que me tranquiliza con su sonido de agua que corre. La pileta es de mármol rosa, con dos grifos separados por la M de la Virgen María, taraceada en mármol marrón claro. Arriba un relieve de la Virgen de la Sapiencia con sendos ángeles a los lados que portan cada uno una flor. He comprado una mesa y seis butacas de mimbre para el patio. Te sientas allí por la noche y hasta en pleno verano te has de poner una rebeca porque el biruji ataca. En la atardecida, cuando el sol va bajando, hay días que me acuesto en una hamaca que he atado a dos árboles y siempre se está fresquito. En invierno, si no llego a poner calefacción, habría sido la venta del mal abrigo por su elevación. Siempre corre airecito cuando no un vendaval.

La placeta adonde da la puerta es tranquilísima. Las casitas están casi todas deshabitadas y solo en dos   de ellas viene gente los fines de semana y en vacaciones. Así que siempre tengo sitio donde aparcar a la puerta de   casa.

Cuando me nombraron párroco de la Inmaculada de Monteliebre, a Ricardo le nombraron párroco de otra población cercana, no tan buena como ésta pero que no está mal. Allí tiene una colonia de kikos. Nosotros nunca hemos sido proclives a este tipo de sectas que hay dentro de la Iglesia. A mí no me gusta la ética del Opus pero de los kikos no me gusta ni la ética ni la estética. Cuando tomó posesión, yo también fui a acompañarle. Vicente había sido nombrado párroco hacía ya dos años de un pueblo relativamente cercano al de Ricardo pero bastante alejado del mío. Con Vicente se fue enfriando la amistad por la falta de roce. Al llegar a Monteliebre también perdí un poco el contacto con Bernardo pero, por contra, lo estreché con Ricardo. La vida, que nos va llevando por donde quiere.

Una vez me aposento definitivamente en mi nueva casa y en mi nuevo destino, he de ir tomando las riendas de la situación. Hablo con Ángela y ella me convoca el Consejo de Pastoral, formado por los Hermanos o Cofrades Mayores de las veintitrés Hermandades y Cofradías, y los responsables de Caritas, Catequesis, Consejo de Economía, Lectores, Ministros Extraordinarios de la Comunión, etc. y unos vocales nombrados directamente por el anterior párroco. En la primera reunión veo que vamos a entendernos bien. Cuando abordo el tema económico me remiten al Consejo de Economía que tiene que reunirse a la semana siguiente. Así y todo, insisto en el tema de las intenciones de las misas, de cuyo encargo y cobro se ocupa Ángela y me contestan que las intenciones de las misas se ingresan en una cartilla de ahorros que custodia la Presidenta del Consejo de Economía. Me da el ataque porque eso quiere decir que me van a controlar las cuentas y no quiero permitirlo. Ya veremos cómo me las ingenio la semana que viene.

En general no me han caído mal. Me entenderé con ellos porque son muy fiesteros y les encantan las celebraciones con mucha parafernalia, como a mí. He estado mirando los fondos de armario de la sacristía y hay mucha ropa, antigua y moderna, pero toda buena; también tengo donde elegir en materia de vasos sagrados y custodias; muchas de las prendas y de los objetos fueron regalados por gente del pueblo y por instituciones de la propia parroquia. He hablado con Ángela para que me ponga a punto todo el vestuario, incluso todo aquello que mi predecesor no utilizaba porque él era muy del Vaticano II y gustaba de albas y casullas-túnica sencillas. También le he pedido que me limpie una colección de cáliz, patena y copón de plata dorada con la que me propongo celebrar todos los días. Nada de vasos de cerámica, de esos ramplones con los que se decía misa. Para Dios lo mejor que se tiene.

Ángela es una mujerona grande y descarada, recién pasada la cincuentena. Me cautiva su inteligencia, la independencia de su pensamiento, su franqueza y su espontaneidad. Me fastidia que no sea nada elegante ni cuide su ropa y su aspecto físico. Sin embargo, lleva siempre en el anular, sin darle ninguna importancia, un solitario con un brillante auténtico de más de un quilate. Cuando acabamos la reunión -en la que ella no ha estado por no ser del Consejo- me espera en un banco para poder cerrar la Iglesia. Son ya las doce de la noche porque, como la gente trabaja, la reunión se ha de convocar después de la cena. No hace demasiado frío pero, al salir, nos sorprende un biruji que nos obliga a taparnos con bufandas y gorros. Me quedo un momento hablando con Ángela que siempre, antes de retirarse, me pregunta si necesito algo más. Es viuda y sus dos hijos se fueron a estudiar a Estados Unidos y allí se quedaron. Me recuerda a la mujer fuerte de la Biblia. Dice que uno de ellos, Darío, de veinticuatro años, va a venir y me lo quiere presentar. Ay, señor cura, es que mira, tiene muchos puntos en común contigo, es un poco raro pero muy buen chico y cuando venga me gustaría que tuviera a alguien con quien hablar porque las Navidades las va a pasar muy solo aunque esté conmigo pero él necesita un igual. No, no es una persona religiosa y es más joven que tú pero yo creo que a eso no le das demasiada importancia. Uy Ángela, en Navidades es cuando más liado estoy yo con eso de las fiestas pero, bien, no te preocupes, cuando venga, tráelo que me gustará conocerle. Yo también necesito un amigo porque, desde que vine aquí, como que me falta algo, y es que he dejado a todos mis amigos por allá, por Granalita y Aguabuena, y aquí la gente es fantástica pero yo todavía no conozco bien a nadie, salvo a ti. Vale, pues ya hablaremos que el aire este tan frío me va a pasar factura. Es curioso que me tutee y me diga “señor cura”.

Ella se fue hacia abajo y yo hacia arriba. Vivía, no muy lejos de mí, en la parte baja de la plaza, frente a la Iglesia.

La semana siguiente llegó pronto y con ella la reunión del Consejo de Economía. Cuando tomé posesión de la parroquia, vino una Comisión a entregarme la cartilla de ahorros de la parroquia y a decirme que hasta que no convocara el Consejo fuera gastando de ahí a discreción que luego ya se harían las cuentas. El pueblo es rico porque, debido a su falta de recursos agrarios de regadío, la gente tenía ovejas y cabras y muy pronto comprendieron que si no manufacturaban ellos mismos la lana que se obtenía de los animales y el poco esparto, cáñamo, yute y lino que se cosechaba, su vida iba a ser muy miserable. Los indianos trajeron capital y con ese dinero se compraron las primeras máquinas de hilar; después vinieron los telares y luego la confección. En este momento, la industria no pasa por su mejor momento pero aun hay muchas fábricas que dan de comer a todo el mundo. A mí también.

En el Consejo, después de saludarnos, planteo la cuestión económica ¿con qué honorarios puedo contar? Y me van informando de lo que percibía mi antecesor. Yo digo que quiero lo que me corresponde, es decir, una cantidad igual a la que me ingresa el Obispado por mi condición de cura, con pagas extraordinarias y que se me abone el agua, la electricidad, el teléfono y cualquier otro suministro. No ponen pegas y siguen diciendo que eso ya estaba previsto y que, además, es costumbre pagar también el teléfono móvil si se tiene y entregar una tarjeta de crédito para gasolina y otra para comida. Me quedo estupefacto porque es mucho más de lo que podía esperar pero no digo nada. En realidad no voy a tener gastos y el salario será neto, al que hay que añadir las intenciones de misa que, a medida que han ido pasando los dos meses que estoy aquí he visto que, por término medio, son unas diez por día y en verano se duplican. Saco el tema a colación y me dicen que yo me puedo quedar una intención al día salvo los domingos y fiestas de precepto que he de hacer una misa pro populo. Digo que bien pero que quiero la cartilla donde se ingresan porque eso lo voy a controlar yo. No les gusta mi decisión pero al final la sueltan después de recordarles que el Consejo es meramente consultivo, que no tiene ningún poder decisorio ni me vincula en nada. En esa cartilla hay una buena cantidad de dinero porque desde que entré no han enviado nada a palacio. Bien, en palacio pueden esperar. A todo esto hay que añadir que las veintitrés hermandades y cofradías encargan novenas, septenarios, quinarios, procesiones, misas en honor de tal o cual santo o virgen o cristo y todo eso también se paga aparte porque es más trabajo. Andando el tiempo me enteré que la parroquia de la Inmaculada de Monteliebre era de las tres más lucrativas de la diócesis.

Manolo comenzó a venir por las tardes después de la misa a preguntarme si quería tomar café con él. Me venía bien porque, en realidad, no tenía ningún amigo y la gente no me era especialmente simpática, así que ese tiempo muerto entre el final de la eucaristía y la hora de cenar la pasábamos en el bar tomándose él un café y yo un whisky. Me di cuenta en seguida que parecía un abuelito plasta pero era muy culto y sabía mucho más que yo de teología y de muchas otras cosas a pesar de haber sido carpintero toda su vida. Casi siempre iniciaba una conversación teológica y al principio le seguía, tratando de no delatar mi ignorancia, pero luego, cuando ya le tuve verdadera confianza, le decía claramente, no me preguntes de eso que no sé nada, haz el favor. El me reñía con cariño. Fue el primero en invitarme a comer a su casa donde conocí a su mujer, que aunque se deshizo en cumplidos y en viandas, no llego a caerme tan bien como él. La segunda casa adonde fui a comer o a cenar fue la de Ángela, tan segura ella de sí misma que cuando se equivocaba lo hacía con una seguridad tremenda. Esas dos casas fueron mi segundo hogar en el pueblo pues iba cuando quería y comía con frecuencia en ellas, podía traerles amigos y los aceptaban igual de bien que a mí mismo.
           
En Monteliebre, pasados los primeros dos o tres meses en que todo fueron novedades, me sentí sólo, muy sólo. Una vez volví a una de las cenas con Facundo, Bernardo, Miguel, Pepe, Germán, Agustín y los demás, pero cuando regresaba me encontré mal, como si lo que había hecho no fuera coherente con mi estado. Me recibieron bien. Esa noche Agustín se había hecho pintar las uñas de un rojo fuerte y estaba más loca que de costumbre. Pero no me llenaba aquello y no quise volver. Bromearon conmigo, que si ya no estaba allí, que a saber el hambre que pasaría, que les iba a echar de menos, que podía ir cuando quisiera... esas cosas que suelen decirse.

Y llegó la semana antes de Navidad y con ella Darío, que su madre se apresuró a traerme un sábado por la mañana. Darío es alto y delgado, guapo, con gafas, con pinta de intelectual y de raro. Extremo mi simpatía con él, qué tal, cómo estás, tu madre tenía tantas ganas de verte… No me extraña porque eres un chico estupendo. Esta tarde tengo dos misas pero, si quieres y tu madre te deja -ella estaba delante- podíamos salir a cenar y luego al cine. Ah, pues vale, pues bien. ¿Qué vengo, hacia las nueve por ti? No, ya bajaré yo a tu casa y nos vamos en el coche al pueblo de al lado que tienen un restaurante muy castizo. Ángela le envió a casa con un pretexto y cuando se quedó sola conmigo me dijo ¿has visto como es muy parecido a ti? No sé a qué se refería pero barrunto que me estaba diciendo, de forma sibilina y con marcha atrás, que era tan gayuno como yo, aunque no tenía ni un plumoncito pequeño.

Yo no sabía si Ángela conocía mi entendimiento pero había pasado una cosa un poco cutre. Por la influencia de mis compañeros de cena y de los chicos que nos tirábamos comencé a ver el vello de mi cuerpo como algo antiestético ya que casi todos ellos iban totalmente depilados: las cejas dibujadas, el pecho, los brazos… Si acaso alguno se dejaba las piernas pero nada más. Por supuesto los genitales también pero el escroto yo ya lo llevaba así desde mi lío con Cati. Así que comencé a ir a un centro de estética masculina de la capital en la que depilaban regularmente. Pedí la manicura y me dejaron las manos más cuidadas que había tenido nunca. Me las pintaban de una laca incolora que, aparte de fortalecerlas, me las dejaba brillantes. Bueno, pues no sé cómo fue, pero un día pedí que me las pintaran con un poco de color y acabé llevándolas de un rosa pálido que yo creí que no se notaba lo más mínimo. Cuando Ángela comenzó a tenerme cariño y confianza, una tarde en la que fui a su casa a llevarle las sábanas para que me las lavara y me las planchara, me hizo entrar con la excusa de tomar café y ante las tazas humeantes me preguntó a bocajarro: Sr. Cura ¿te pintas las uñas pues? Pero qué dices, Ángela, qué va, las tengo de este color, cómo se te ocurre decir eso. No, no se me ha ocurrido a mí, Sr. Cura, que aunque me di cuenta el primer día de que las llevabas pintadas, jamás te habría dicho nada pero es que el otro día me lo preguntó una mujer del pueblo: Oye Ángela, ¿el Sr. Cura lleva las uñas pintadas? Y le tuve que contestar que no me había fijado, que no lo sabía. Así que te lo digo para que lo sepas. No se llega a saber lo que no se hace; lo otro todo. Que te digo que no las llevo pintadas, que me arreglan las manos y me las pinto de laca transparente para fortalecerlas porque las tengo quebradizas pero éste es mi color natural. No, si no hace falta que me des explicaciones, que a mí me da igual. Yo te lo digo para que lo sepas, nada más. Después de esto me arreglé las manos pero no me daba laca con color, tan solo un satinado y sí que se notaba un montón. Del rosa subido pasé al color carne descolorido. Nunca más me volvió a mentar nada sobre el tema hasta que un día, en medio de una borrachera en una cena en su casa, le dije que me depilaba casi todo el cuerpo porque hasta el trasero lo tenía peludo y, no contento con eso, me giré de espaldas a ella, me bajé el pantalón y el calzoncillo y le enseñé todo el culo. Y no me acordé más, hasta ahora. Así que me temo que Ángela conocía mejor que yo mi homosexualidad.

Bajo por Darío hacia las nueve y me lo subo a casa. Allí le hago entrar en el salón comedor donde me he dejado todas las luces encendidas y sonando, a media voz, la Aida que interpretó magistralmente Montserrat Caballé en Londres hacía ya muchos años. Me alaba los muebles y se sienta en el sofá. Le digo que ahora mismo nos vamos pero me siento con él y comienzo a hablarle de forma afectada para que sepa que entiendo. ¿Quieres un whisky? No, no suelo beber alcohol. Si tienes una tónica. Hay que ver qué camisa más bonita llevas, digo rozándole las puntas del cuello. Sonríe pero no dice nada. Está claro que entiende y su madre lo sabe, lo que no sé es si lo han verbalizado entre ellos. Ángela es capaz de saberlo hace años y no haberle dicho nada pero haberle facilitado la vida todo lo que haya podido. No sé. 

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