Vigésimo Séptima Entrega


Mis padres, que por ser Navidad, han venido a estar conmigo, están en la cocina y he entrado a verlos previamente para decirles que tengo una visita en el salón y que no vengan.

Una vez capto que ha entendido mis inclinaciones, me demoro un poco hablándole de ópera. No es aficionado aunque no le desagrada. Viste muy discretamente. Es elegante pero con la elegancia de los grises. El auténticamente elegante es capaz de vestirse extremado y sentarle bien. Cuando tienes que conseguir la elegancia a base de comedimiento no eres elegante, eres anodino. Eso le pasa a Darío, tiene un modo de vestir anodino. Así y todo me gusta porque no llama la atención. No es que me haya enamorado de él o que tenga peligro de que me pase. Me gusta porque es adecuado a mis planes. Me gustaría tener su amistad para ir al cine, para contarle mis cuitas -no tener que recurrir siempre a Conchita- y que no le escandalicen y también, ¿por qué no? si pudiéramos tener algo de sexo no me vendría mal. Con que no se entere su madre es suficiente. Así que ya pasadas las diez salimos de casa. Me dice que quiere ir en su coche y conduciendo él. Como me da igual, accedo. Utilizamos el coche de su madre, Ángela, y nos vamos a un pueblo de montaña, dentro de los pinares que atravesé para llegar aquí, donde un restaurante típico nos espera. Había reservado mesa para dos. A pesar de lo apartado del sitio está de bote en bote. Nuestra mesa está pegada al ventanal que da a la montaña pero, al ser de noche, no la vemos. Tendremos que volver de día. Cuando el camarero viene a ver qué queremos beber, pido un whisky y Darío un agua mineral con gas. Después con la cena pido vino aunque él me dice que no lo beberá pero insisto. Acabo bebiéndome yo solo toda la botella de tres cuartos de litro. Ya estoy algo mareado y cuando viene otra vez el camarero le digo que para el postre traiga champán, el mejor que tenga. Darío me mira y vuelve a repetir que él no beberá. Anda tonto, bebe un poco, es muy bueno y quiero que me acompañes. Dice que no se siente a gusto cuando se marea por beber alcohol y hace más de cuatro años que no lo prueba. Lo traen, me sirven y comienzo a beber para acompañar una tarta de queso condimentada con jarabe de grosellas. Voy desbarrando cada vez más. Darío se mantiene sobrio porque únicamente ha tomado una copa corta de champán pero tiene la virtud de no hacerme sentir culpable por mi borrachera y me encuentro feliz con él. Es como si le conociera de toda la vida. Comienzo a hablarle en femenino y las palabras fluyen a mi boca en una verborrea incontrolada. Le cuento que no me siento a gusto con la gente de este pueblo, que la Iglesia me agrada, que el hecho de que haya tanta actividad litúrgica también me gusta pero la gente como que quiere dominar la situación y no me cae bien. El párroco soy yo y ellos solo pueden hacer que conformarse con lo que yo quiera, que me cambié de parroquia por las cenas, que se trataba de cenas muy elegantes y discretas, que venía otro cura, que venían casados y otros con novia y que acabábamos encamados cada uno con un muchacho al que pagábamos sus servicios, que cada vez me gustan más jóvenes, que me pirra un culo de dieciséis años. Me mira pero no sonríe tan siquiera. Como que no le hace gracia. Me dice que estoy borracho, que deliro pero sabe que no lo hago, que lo que estoy diciendo es verdad.

Volvemos a casa a altas horas de la madrugada. Me deja a la puerta de mi casa y no baja siquiera. En el viaje, no he parado de hablar pero no recuerdo de qué. Él no hace comentarios. No atino a meter la llave en la cerradura y tengo que hacer varias intentonas. Cuando lo consigo y entro, no me voy a dormir como sería lo lógico. Me refresco la nuca con un poco de agua helada y me meto en el despacho. Comienzo a escribir una carta a mano, dirigida a Darío. Querido Darío: es como si te conociera de toda la vida; no me da corte contarte cualquier cosa porque sé que no vas a escandalizarte. Si quisieras, te llevaría a cenar una noche a la costa; conozco un sitio, por Alicante, sobre un promontorio que se adentra en el mar donde hay un buen ambiente gay y yo sé que entiendes, que entiendes un montón. Me gustaría llevarte allí; el restaurante es bonito y se ve el mar y en él, el reflejo de un faro; a lo lejos se atisba alguna embarcación. Podríamos cenar como hoy y luego bailar un rato. Te agarraría por la cintura y te acercaría a mí. No, no temas, es un restaurante gay y los que bailan son todo parejas de hombres, como tú y yo. Nadie va a mirarnos raro. Después nos iríamos a las discotecas porque ¿sabes? allí hay dos discotecas de ambiente que, por la gran cantidad de clérigos que las frecuentan, todo el mundo las conoce como “Vaticano I” y Vaticano II”. Y luego nos iríamos juntos a un hotelito de la playa, bajando ya del cabo. Es un hotel pequeño, superguapo, romántico, ideal para nosotros. Y pasearíamos por la playa cogidos de la cintura mirando la luna. Eso es todo lo que me gustaría hacer contigo. Te considero un amigo cabal aunque acabo de conocerte.

Cojo el folio y lo doblo en cuatro trozos. Lo introduzco en un sobre y salgo adrede a esas horas de la noche para echarla al buzón y enviarle la carta a su casa de Estados Unidos. De todas formas, él llegará antes que la carta supongo y, si no, le estará esperando. Solo quiero un amigo, un amigo con derecho a roce, un amigo que pueda lucir, que cuando alguien nos mire diga ahí va una pareja gay, vaya mozo que lleva el tío éste.

Al cabo de dos o tres semanas, vino Ángela a la Sacristía un tanto seria. Esperó a que nos quedáramos solos y me saludó. Qué tal señor cura ¿cómo te encuentras? Vengo a hacerte una pregunta y quiero que me contestes la verdad ¿le estás tirando los tejos a mi hijo Darío pues? ¡Coño!, se me atragantó mi propia lengua y no pude contestar en seguida y con coherencia. Balbuceaba no, qué va, ¿por qué dices eso? No, por nada, porque Darío, que me lo cuenta todo, no me habló para nada de la cena que compartisteis y aunque he intentado que me contara qué impresión le causaste y todo eso no he podido sacarle ni palabra. No, no le he tirado los tejos, mujer, sí que es verdad que le envié una carta muy cariñosa y quizá pudiera malinterpretarse lo que le dije pero de eso a lo otro va un mundo. No, tranquila que no es así.

Como vino se fue. Y cuando lo hizo, me di cuenta que había caído en una trampa. No se me ocurrió indignarme por pensar de mí que era gay, luego ya le había confirmado mi condición. Ángela, valiente, complicada, inteligente y sagaz, ya tenía confirmado lo que yo no deseaba que se supiese. Pero no pasaba nada porque Ángela era mi leona de sacristía y me defendería siempre y no le contaría a nadie nada de lo que pasara ni de lo que viera. Así que a las siguientes veces que la vi, cuando fui a cenar a su casa, ella y yo solos, me fui abriendo y sincerándome con ella. Me daba cobijo, me escuchaba, me reñía si tenía que hacerlo. Desde luego era una sinceridad parcial, supo de mi relación con Valentín, de mis amores con Alejandro, de mis andanzas con Bernardo, de la cantidad de gays que había entre las filas clericales, de las inclinaciones de nuestro distante obispo, de su predilección por Jorge, de mi lío con Eugenio -del que supe años después que había necesitado ayuda psicológica para olvidarme y al que seduje de nuevo estando en Aguabuena solo por el placer de demostrarme a mí mismo que era capaz de recuperarlo cuando quisiera-, supo de mi familia, de las andanzas de mi hermana Carolina, de mi sobrino Mauro, pero nunca le hablé de lo que realmente me unió a Cati    o a Valentín ni mucho menos de otras cosas que fueron viniendo porque sé que me habría puesto las peras al cuarto.

Ángela es una especie de mariliendre que, al tener un hijo gay, trata de entender este mundo mejor que los propios gays. Es como si perteneciera a este ambiente, por la cantidad de conocimientos que tiene del tema y cómo controla las noticias de actualidad gay. Sabe perfectamente qué personaje público es gay, cuál ha salido del armario, quien se ha casado para disimularlo, conoce todo el argot y tiene un gaydar[1] de los mejores que he visto. Si ella dice de alguien “es gay” yo me lo creo. A veces me toca disimular porque sin preguntar abiertamente, plantea si éste u otro cura es gay y siempre digo no sé, no se me ha ocurrido pensarlo, pero aunque sé mentir bien, hay siempre un tembleque en mi voz que yo sé que ella capta.

Sin embargo, con Ángela me pasa como con mi hermana Conchita. Le cuento todo aquello que me preocupa, la molesto cuando me apetece, jamás le pregunto cómo se encuentra ella con verdadero interés, le pido cuantos favores necesito y ella siempre está ahí. No me ha hablado nunca más del hijo, Darío, que ya cuando viene a Monteliebre nunca se asoma a verme, aunque ha seguido saludándome cuando nos encontramos por azar y Ángela tampoco me ha invitado nunca a cenar o a comer estando su hijo en casa. No sé qué pudo decirle pero ni yo pregunté ni ellos me informaron, así que no supe qué pasó. A pesar de todo eso, a Ángela yo le tengo prevención, hay algo que me intranquiliza en su persona. Creo que es lo mismo que tiene Conchita: su valentía para hacer o decir todo aquello que creen es su deber. Me lo dicen con cierta mano izquierda pero me dicen muchas veces aquello que no quiero oír.

Con Manolo fue diferente. El es incapaz de tender una celada a nadie; con toda su inteligencia y formación, le falta picardía y no sabría cómo hacerlo. Cuando él va, Ángela ya vuelve. Viene todas las tardes por mí cuando acabo la misa para ir a tomarnos algo al bar. No es mi ideal de amistad porque es un viejo carcamal pero es lo único que tengo en este pueblo. Como sé que un día u otro haré algo que le llevará a pensar que soy gay, me decido a ir dejándole alguna pista para ver su reacción. Y así un día se me “escapa” que me gustaría vestirme de Reina de las Fiestas, con un traje de puesta de largo y una mantilla de blonda; los zapatos, por supuesto de tacón, y que así me subiría al entarimado que pone el Ayuntamiento para que todos me vieran. El se ríe como si fueran cosas mías que no van más allá. Otro día le cuento lo que me pasó en el seminario con Lázaro y Gregorio, sin decirle de dónde salía yo. Ahí ya se pone un poco tenso y me dice que no le parece bien pero no hace ningún comentario homófobo como yo esperaba. Un día, su mujer se fue a un cursillo, y para agradecerles todo lo que hacían por mí, invité a comer a Ángela y a Manolo. Encargué la comida en el bar porque no sé guisar, puse la mesa con un mantel berenjena y las servilletas de papel pero preciosas, de esas que tienen angelitos clásicos estampados. Saqué el coperío bueno, el decantador de vino, la vajilla de las mejores ocasiones. Manolo se sentó y Ángela iba y venía arreglándolo todo. Ángela y yo bebimos bastante alcohol. Cuando bebo, me pongo hablador y digo lo que conviene y lo que no pero ese día controlaba. Manolo y yo habíamos hablado muchas veces de los apóstoles, del carácter y las características de cada uno y en San Juan nos habíamos detenido especialmente porque era el discípulo amado y el más joven. Manolo me confesó en aquella ocasión que siendo homófobo por naturaleza, últimamente no hacía ningún comentario en este sentido porque pensaba que San Juan podría haber sido homosexual y, si eso era así, era una señal de que Jesucristo nos indicaba qué camino teníamos que seguir con ellos: la tolerancia y la aceptación. Yo no había conocido nunca a una persona tan mayor que tuviera la capacidad de Manolo de cambiar sus planteamientos después de razonar. Ese día salí muy contento de la conversación. Hoy, después de comer he hecho todas las mariconadas que me ha apetecido, desde hablar en femenino hasta contar anécdotas, o decir que si me hicieran Papa volvería a vestir los escarpines rojos de Dorothy. Ángela se reía porque había entendido la picardía y contestaba más grueso que yo pero Manolo llegó un momento que lo vi serio y sobrepasado. Entonces me levanté, cogí el Evangelio de San Juan en una edición lujosa y profusamente adornada y se lo puse entre las manos. Me miró, abrió el libro, hizo como que leía algo, se serenó, lo cerró y me lo devolvió. Fue mi forma de decirle: soy gay, igual que, seguramente, lo fue San Juan. Qué lejos estaba entonces de atisbar que, andando el tiempo, en internet se crearía la Comunidad del Discípulo Amado donde pueden intervenir todos aquellos que creen compatible la fe cristiana y la homosexualidad y en la que participan no pocos clérigos. Creo que Ángela, bebida, no se dio cuenta de la maniobra.

Manolo me miró como se mira a un hijo muy amado que necesita protección. Se levantó de la butaca adonde se había ido y volvió a la mesa para los postres. Como era tan goloso, le puse el trozo de tarta más grande. Le rodeé los hombros con mis brazos y no me rechazó. Giró un poco su cabeza con una sonrisa triste y acogedora que me recordaba la mirada de mi abuela cuando me curaba las heridas que me hizo Andrés. Había ganado su espíritu y su alianza para siempre.

No había querido invitar en esa ocasión especialísima a su mujer porque no sé ella cómo habría reaccionado. No era mala persona pero no quería jugar a la ruleta rusa y sé que él no le diría nada.

A otras casas también voy a comer o a cenar. Como no sé guisar, voy como el popular cerdito de San Antonio comiendo un día en cada casa o bien ingiero congelados o conservas. Pero no es lo mismo. Me da corte beber alcohol por si acaso digo algo inconveniente para mí; si no bebo estoy serio y callado, máxime cuando el tipo de conversación que la gente inicia con un cura es de un calibre que aburre a las ovejas. Se ve que se creen que estamos todo el día rezando o pensando en los angelitos y olvidan que tenemos los mismos problemas que los demás, que vivimos en el mundo -como dicen los del Opus- y que nos gusta bromear y pasarlo bien. Estar desempeñando siempre el rol de sacerdote es agotador, al menos para mí. Yo necesito tener una Betania donde Lázaro, Marta y María me esperen y poder hablar con ellos abiertamente. No me puedo quejar porque en Monteliebre tengo dos: la casa de Ángela y la amistad de Manolo.

Pero mi compañero de fatigas es ahora Ricardo. A pesar de su juventud está echando barriga. Se lo señalo y se excusa diciendo que las mujeres de su pueblo guisan muy bien. Es alto y moreno, con la nariz algo torcida y grande. Si lo miras de perfil está bien. De cara no tanto. Viste siempre clerygman por aquello de alejar las tentaciones de Asmodeo. Hoy nos hemos ido al restaurante de la estación del tren dimisionario. Ha venido después de decir misa y como es viernes y mañana por la mañana no tenemos nada que hacer podemos demorarnos el rato que queramos. Hablamos de la diócesis, de lo mayor que se nos ha hecho el obispo, de lo poco o nada que se deja ver, de lo cabritos que son los vicarios episcopales en general, que no tienen nada que hacer y cuando uno de nosotros está enfermo o tiene que irse a algún sitio o de vacaciones, en lugar de ocuparse ellos del problema, nos toca buscar nosotros mismos quién nos ha de sustituir, de los compañeros de estudios, de los del arciprestazgo de cada uno. Me dice que en el suyo está Amador, el macho dominante, que lo llamamos así porque en la misa de exequias del entierro de su padre nos hizo ir a todos con la casulla blanca y le dijo una misa de gloria y en la homilía, que pronunció con una entereza envidiable, se dirigió al difunto para decirle: Padre, yo he entendido tu vida porque soy como tú, un macho dominante. Como si estuviera haciendo de narrador de un documental de Rodríguez de la Fuente. Igualito. Me dice Ricardo que ellos -los de su arciprestazgo- se reúnen todos los martes para comer juntos, que a veces falta alguien por circunstancias pero que Amador no va nunca. Es como si no se hablara con ninguno de ellos. La verdad es que siempre nos ha mirado a todos por encima del hombro como si fuera superior. Un imbécil, vaya.

Luego me pregunta si sé lo de Alejandro. Le digo que me llegaron noticias de que estaba liado con Fabián, el que se ordenó al año siguiente que nosotros, y que cuando riñeron comenzó a peregrinar por saunas y prostíbulos y para tapar sus andanzas le hacía la corte a una mujer casada del pueblo donde estaba hasta el punto de que el matrimonio se separó. Si, ¿pero no sabes cómo acabó la cosa? No, ya no sé nada más de él. Pues se ha muerto. ¿Qué dices, que ha muerto? ¿Cuándo? ¿Cómo ha sido eso? ¿Por qué no se ha dicho nada? Porque se ha llevado muy en secreto. Total hace como un año que murió. Había enganchado un sida no se sabe dónde y el sarcoma de Kaposi hizo presa en él, primero le salió como un granito en la nariz que no se le iba -el tomaba mucho popper y parecía consecuencia del consumo-, después se llenó de bubas rojo oscuro y, para ocultar su estado, el Obispo le envió a un hospital de Madrid, regentado por monjas paulinas, donde parece ser que mandan a los clérigos afectados con esta enfermedad vergonzante y los recluyen en unas habitaciones apartadas del resto donde están incomunicados -todo por evitar el escándalo-. Yo conozco a una de ellas, que me dijo que Alejandro sufrió mucho porque el sarcoma le atacó el ano y tuvieron que hacerle uno artificial, que tenía dolores y malestar producido por la quimio, hasta que el año pasado, en plena juventud murió y su muerte se silenció. Oficialmente, fue un cáncer de piel; y no es mentira, claro, porque nadie muere de sida.

Acabamos la cena y Ricardo se fue a su pueblo después de dejarme a mí en casa. No paraba de darle vueltas a lo de Alejandro. Me senté en una butaca, incapaz de moverme y comencé a llorar convulsivamente. No podía parar. Y lo peor de todo es que no sé aun la causa de mi llanto; no sentía tanto el final de mi antiguo amante como para aquella llantina. Creo que lloraba por mí, preventivamente, por si a mí me pasaba lo mismo. Lloraba por todos nosotros, que nos tenemos que esconder hasta en el momento de la muerte. Señor, protégenos de todo mal. Solo Tú puedes.


[1] Suma de palabras gay + radar: detector de gays

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