Vigésimo Segunda Entrega


Cuando me voy alejando en el coche, repaso la noche anterior velada por las brumas de la resaca y me parece que no ha pasado, que fue un sueño, que no es posible. Me voy a ver a Bernardo. No sé si estará en casa pero he de verlo, que me explique. Está en la Iglesia. Va con sotana. Me sonríe. No hace falta que le pregunte. Me dice: “Espera que nos vamos a mi casa a tomar café”. Allí me explica que conoce a Miguel desde que llegó, que fue él quien le introdujo en el grupo, que él mismo le propuso a Miguel que me invitara, que era un grupo cerrado y antes de llevar a nadie había que pedir permiso a los demás después de hacer una breve reseña del candidato, que no querían locas ni nadie que hubiera salido expresamente del armario y que había un acuerdo tácito entre ellos por el que, cuando se vieran fuera, si no se conocían formalmente ante los demás ni siquiera se saludarían y, por supuesto, delante de otra gente ajena al grupo no debía hablar del mismo ni de sus miembros. Bernardo estaba asistiendo desde hacía un año y le servía de válvula de escape. Ninguno de ellos, en su vida diaria podía mostrarse tal cual era, Unos porque estaban casados y, aunque no enamorados, querían a su mujer y, sobre todo, a sus hijos. Otros, como nosotros, porque la sociedad les habría penalizado con la pérdida de su estatus o, incluso la de su trabajo. Otros simplemente por cobardía. Una vez a la semana se reunían y podían ser ellos mismos y decir y hacer lo que les apeteciera sin tener que autocontrolarse. Es durísimo vivir una vida de disimulo y fingimiento en todos los frentes. Ni a la familia podemos hacerla partícipe de nuestras vivencias; yo tenía a Conchita, que sin haberle dicho nada explícitamente, lo sabía todo pero no era lo normal. Los chaperos los llevaban en un microbús, “como te has podido dar cuenta, todo de lo más exquisito, incluso los chicos; con oficio y sin compromiso. Sale caro, es verdad, pero vale la pena. Yo no sé qué habría hecho de no tener esta evasión cada semana; alguna barbaridad, supongo.” Los chaperos no todas las veces eran los mismos pero siempre igual de guapos, jóvenes, y complacientes. Eso sí, se exigía que tuvieran los dieciocho años cumplidos. Cobraban y se iban. Así de fácil, y sin complicaciones. El primer día quisieron su paga por adelantado pero ahora ya no lo exigían porque sabían que éramos generosos y de fiar.
Le pregunto el precio. Jolín, no es caro, es prohibitivo. Veremos si me lo puedo permitir porque yo estoy igual que Bernardo, casi a punto de hacer una locura y tirar toda mi carrera por la borda. Allí, en la casa rural, por unas horas, no tengo que disimular, no tengo que ocultar mi naturaleza, puedo decir lo que siento y hacer lo que me apetece. Por otra parte, es todo tan discreto que no creo que el asunto llegue a descubrirse nunca.
Al entrar en la iglesia de Granalita siento un poco de vértigo pero se me pasa en seguida. Después de decir misa, marcho a Aguabuena, entro en mi casa y me pongo un Chivas con hielo. Después otro y después otro. Hay que ver cómo aguanto la bebida. Llamo a Conchita sobre la hora de la cena. Voy a acostarme sin cenar. Mi hermana, como siempre, parece que no tenga nada que hacer más que atender a quien la llama. Le cuento un poco, por encima, lo del día anterior omitiendo la última parte, la de René y sus compañeros. Ella dice que me comprende, que no deje de ir, que saque el dinero de donde sea, que es preciso no vivir en una simulación constante, que no es bueno para la salud; me pregunta por los demás y yo le voy refiriendo, de pe a pa, toda la reunión, comenzando por los asistentes, el aspecto de la casona, la decoración de las estancias, el arreglo del comedor, las viandas y los caldos, el ambiente, los chistes, las risas, el regocijo general. Ya sé que Bernardo me ha dicho que no debe comentarse con nadie pero Conchita no entra en ese saco y, además, solo le comento parte del acontecimiento. Ella no pregunta más pero temo que adivine, aunque si acierta y no me dice nada tampoco me preocupa. Hablamos más de dos horas y luego me acuesto con una ligera sombra en el alma pero, a la vez con una gran alegría puesto que esto me ayudará a no ir al prostíbulo de la capital.
En las últimas semanas pedía siempre al cuarterón del primer día, que estaba los domingos por la tarde. Cubano de nacimiento y homosexual. Sin ganas de trabajar honradamente sobrevivía en España, sin papeles, a base de prostituirse. Me había enganchado a él y aunque me enfurecía por dentro cuando, una vez acabado su trabajo me contaba de sus otros clientes, no podía prescindir de su contacto. Habría querido tenerlo solo para mí. Estas cenas me darían fuerzas para no volver porque mi predilección por él se estaba convirtiendo en peligrosa. No me correspondía, me pasaba con razones cuando pretendía que dejara la prostitución. Me tenía colgado y no hacía más que pensar en él. ¿Me había enamorado? Ahora pienso que no; lo que tenía era una fuerte adicción sexual.
Cuando el domingo siguiente he de decir la misa en Aguabuena, me es violento mirar a la cara a Facundo, tan comedido él y tan pendiente de su señora e hijos. Todas las mujeres envidian a la suya por lo detallista que es. Él, sin embargo, me saluda efusivamente, me pregunta, con atrevimiento, si ha habido alguna novedad en la semana. Yo le digo que no, que todo sigue igual, aburrido pero muy feliz de estar allí. Me desliza un sobre en el bolsillo de la chaqueta. Su mujer, que contempla la escena me dice “para las necesidades de la parroquia”. Cuando se van miro lo que hay y es un donativo muy, muy generoso. Yo soy el párroco, mis necesidades son también las de la parroquia, así que ya tengo pagado la siguiente cena. A lo mejor lo ha hecho adrede. No sé.
Va pasando el tiempo y sigo revistiéndome para decir la Santa Misa, desfilar en las procesiones, dirigir las novenas y los quinarios en honor de Cristos, Vírgenes y Santos. Disfruto con lo que hago. Pero he dejado de rezar el oficio divino. Algún rato cojo el libro y lo hojeo pero me pincha en las manos y lo vuelvo a dejar en la repisa. No tengo fuerzas para alabar a Dios. El me lo perdonará. Tampoco entro en la capilla del Sagrario a menos que tenga que reservar o coger formas consagradas. Me da yuyu permanecer allí. Es una tontería  porque Dios está en todas partes, pero allí parece que me tiene más a su alcance y está en su terreno. Ya digo, una tontería.
Cuando llega Junio me dan la puñalada. Me llama mi madre y me dice que mi hermana Carolina, sin previo aviso, se ha presentado en su casa con Mauro y sin Joaquín. Que no quería disgustarnos pero que las cosas, desde que el niño nació, ya no eran igual, que su marido se echó una querida, que ella se sentía muy sola en la magnífica casa que le habían comprado los suegros, que se aburría… En fin, que otra vez la tenemos aquí y esta vez con un niño de dos años y medio al que cuidar y, como siempre, sin oficio ni beneficio. Hablo con Conchita e intenta calmarme. Dice que no tiene remedio, que Carolina siempre ha sido una infeliz y que nunca hará nada a derechas, así que hay que aceptarlo cuanto antes. Me resisto y el domingo siguiente me voy a verla. También voy a conocer personalmente a Mauro porque solo lo he visto en foto. Llego a casa y me abre mi padre, quien, en su inconsciencia, está contento de que haya vuelto; no se plantea de qué van a vivir siendo su pensión tan corta; solo siente la alegría del retorno de su hija predilecta. Juega como un chiquillo con Mauro, quien, en solo dos días, le busca y se sienta en su regazo para que le cuente cuentos y se le duerme acurrucado. Cuando veo a Carolina me asusta lo guapa que está. La maternidad le ha sentado bien. Está un poco más gordita pero no  le hace feo. Los pechos le han crecido y las caderas se le han ensanchado levemente. La melena suelta, suavemente rizada y negra, como siempre. Así y todo no me alegro de verla ni de ver a Mauro; casi lo ignoro. Me dirijo a ella y le espeto con tono desagradable que ya sabía que esto iba a pasar y que ahora la situación es peor porque tiene un niño que atender. Ella calla y sonríe. Sabe que es su mejor arma para dominar el mundo. En realidad no tiene otra. Acabo sintiéndome ridículo en mi cháchara que parece no escuchar nadie salvo mi madre que, con su mejor cara de Doña Angustias, mueve la cabeza asintiendo a lo que digo. Carolina le da la espalda y no la ve. Mi padre juega con Mauro a tirarse una pelota de tenis.
Al final, me siento y estallo en un llanto rabioso. No me duele la situación de mi hermana, el desamor que ha tenido que sentir para tomar la decisión de volver, su falta de medios de vida. Solo me da rabia su ingenuidad y que, a pesar de todas sus desgracias, se siente feliz. Me mira cuando lloro, se acerca a mí, me rodea con sus brazos y me va diciendo, con voz queda y cariñosa: “No te agobies, todo pasará. La vida está para vivirla lo mejor que podamos. Preocuparse no sirve de nada salvo para sufrir. No te pido nada. Solo que me quieras, que me mires con el mismo cariño que yo siento por ti. No llores más. Yo estoy bien y el niño también. Ha sido una experiencia…” y cosas por el estilo que me enojan más todavía. Entonces Mauro baja de los brazos de mi padre donde se ha subido al oír mi rabieta, y viene hacia su madre, seguramente por celos cuando ve que me abraza. Se mete entre nosotros para llamar su atención. Es un niño vivaracho, de ojos rasgados y muy negros, alto para su edad, con el cabello muy liso y el flequillo por las cejas, la nariz ancha y los labios gorditos. Va vestido con un pantaloncito vaquero y una camisa de cuadros. Escala literalmente mis piernas para subir a la altura de la cara de su madre y se agarra a ella. No quiero verlo. Me aparto de los dos, me levanto de la silla y me alejo al otro extremo del comedor, como si huyéndoles fueran a desaparecer. Carolina no se inmuta. Alza a Mauro y lo besa alegremente. El niño ríe   y se le ve feliz. Yo no puedo con mi disgusto. ¿Qué dirán mis parroquianos cuando sepan que mi hermana ha  vuelto con un rorro cuando ni siquiera se casó aquí? Pueden creer que es soltera, que no conocemos al padre… No quiero ni pensarlo.
Sí, mi hermana se quedó en casa de mis padres, reanudó las relaciones con sus amistades antiguas y todo siguió  igual. Se ocupaba de la casa y de cuidar a los abuelos. Mi padre aceptó al niño desde el primer momento, a mi madre le  costó bastante más pues bajo una apariencia de asunción de la realidad, lo que hizo fue resignarse y tolerar. Quizá solo una persona avezada a mirar debajo de las apariencias o que la conociera mucho como Conchita, se daba cuenta de la incoherente naturaleza de sus sentimientos. Ella tenía que tener un sufrimiento que le impidiera ser feliz y solo así lo era. En esa etapa fue mi hermana y mi sobrino los que sirvieron de pretexto para poder seguir como siempre: seria, taciturna, callada, suspirosa, encerrada en casa.
Conchita, acertada como siempre, los admitió de inmediato pero no como mi padre que era un insensato sino con una aceptación plena, amorosa, servicial, generosa y alegre. Mi caso fue diferente. Me fui a mis pueblos esa misma tarde y solo los veía de pascuas a ramos. No me pude encariñar con Mauro porque algo dentro de mí me lo impedía y tampoco cejaba en mi indignación cuando pensaba en Carolina. La situación no cambió demasiado respecto a antes de marcharse a Batangas pues entonces tampoco la veía mucho y nuestro trato era superficial y correcto. Tampoco quería pensar en lo que podría venir después, así que congelé la imagen y seguí viviendo.
Sin tener en cuenta el episodio de la vuelta de mi hermana, la vida me sonríe porque hago lo que siempre he deseado, tengo una casa magnifica y perfectamente decorada, no tengo problemas de paro ni de ingresos y es previsible que todo siga así pero la rutina de los tres pueblos empieza a agobiarme. Tengo el aliciente de los miércoles pero, en verano, aunque no se suspenden las cenas, es más complicado porque el hotelito no se cierra al público, y aunque a nosotros nos meten en un comedor privado y nos reservan una planta de habitaciones, y los clientes son de fuera de la zona, siempre cabe la posibilidad de que nos vea algún trabajador -que esos sí son de los pueblos de alrededor- o alguien venga a tomarse un café al bar. He tenido miedo y durante un mes entero no he acudido. Se me ha hecho interminable y he vuelto pensando que, bueno, somos una pandilla de amigos que se reúne para cenar. Vaya, como las sociedades gastronómicas. Lo demás nadie lo sabe porque el microbús de los chicos se aparca en la trasera del edificio y entran por la puerta falsa. Además, los casados o ennoviados que asisten, así como los clérigos dan respetabilidad al banquete.
Disfruto con lo que hago pero creo que ya llevo el suficiente tiempo aquí para que me destinen a otra parroquia en la que los ingresos puedan ser mayores. Aquí vivo pero modestamente y me gustaría que me enviaran ya a otro sitio. Tengo la amistad de Rosa y Salcedo, a cuya casa puedo acudir cuando quiera, la de los padres de Martín, el monaguillo que ya tiene doce años y se está convirtiendo en un adolescente hermoso que se abre a la vida admirándose a cada momento de lo que descubre a su alrededor, la de los padres de Sergio, mi niño, y muchos otros que puedo llamar amigos aunque la relación no sea tan estrecha.
Los días transcurren tranquilos, tanto que me pesan. Necesito más vuelo. Me duele tener que dejar esto pero las cenas empiezan a abrumarme. He tenido la mala suerte de que cada noche que voy me toque un muchacho distinto. Desde luego, la habilidad en la cama está garantizada pero me falta algo, necesito algo más. También en las parroquias me he ido desgastando. Con un cambio iniciaré una nueva vida. No quiero cenas de este tipo, ni chaperos, ni amigos fuertes ni nada. Quiero ser un buen cura, un  buen sacerdote de nuestro Señor Jesucristo, preocupado únicamente por rezar el breviario, desarrollar la liturgia y consagrar mi vida a Él, que tanto me ama. 
Pero, de momento, el que no puedo soy yo. Hoy voy a ir a la capital, he de presentar en palacio un proyecto de obras de restauración del retablo de Granalita que me va a subvencionar el gobierno de la Comunidad Autónoma. Es un retablo sin valor histórico que se construyó, en yeso, después de la guerra civil; pero no se pintó y el yeso, blanco del todo, queda bastante soso. Mi intención es que en las columnas se cubra de pan de oro todas las hojas de parra que hay y sus tallos, dejando en blanco el fondo. La Virgen del Cordero, que preside el presbiterio, también es de yeso y la pintura original está llena de desconchones. La quiero sustituir por una talla de madera policromada con el manto estofado. El sagrario quiero reemplazarlo por una arqueta de plata repujada con una Santa Cena en la puerta frontal, con los vértices dorados.