Vigésimo Quinta Entrega


Capítulo XIII

“Te doy gracias, Señor y Rey mío; te alabaré, Dios de mi salud y confesaré tu nombre porque has sido mi protector y mi socorro”[1]

A finales de año, el mismo día en que cayó el muro de Berlín, me encuentro a Luis, que se ordenó conmigo, cuando voy a hacer unas gestiones a palacio. Luis es un “santito”. Me dirige un saludo de lo más meapilas: “Bienhallado en el Señor”. Entre otras cosas, le pregunto por su familia y me dice que sus padres, de un pueblo grande y alejado de la capital, bastante lejos de los míos, están mal de salud y que ha venido a ver si le dan la parroquia de su pueblo, que este año se queda vacante, porque es hijo único y sus padres le necesitan. Me pide que interceda ante Jorge que tiene mucho ascendiente sobre el obispo para que le den un destino cerca. Le digo que sí, que eso está hecho. Se va y cuando me quedo solo comienzo a pensar en su pueblo, Monteliebre, que alberga unas diez mil almas y solo tiene una parroquia. D. Víctor dijo un día en clase que era un pueblo de lo más beato, que cuando las campanas de la Iglesia daban el ángelus, la gente paraba lo que estuviera haciendo para rezar. Incluso en las fábricas, los dueños presionaban al personal para que lo rezara.

Dándole vueltas a la cabeza, pienso en Matías, al que conocía bastante de mis tiempos de seminario porque venía a darnos charlas sobre la forma de hacer las homilías y los sermones sin que se hagan aburridos, y ha estado de párroco en ese pueblo. Así que cuando llego a casa busco el número de la parroquia donde está ahora y, aunque hace mucho que no le he visto ni sé nada de él, le telefoneo y después de decirle lo mucho que me acuerdo de sus clases, que cómo se encuentra, que qué alegría volver a oírle, después de contarle lo bien que estoy en estos pueblos, derivo la conversación primero a los destinos en general y luego a los nuestros en particular, y ya metido en harina, le pregunto: ¿Qué tal es Monteliebre? Él, confiado por mi circunloquio, me va contando que es un pueblo de almas de Dios, con mucha gente creyente y practicante, que cada fin de semana van a misa regularmente unas dos mil personas, que son muy generosos y entregados pero que hay mucho trabajo porque quieren veintitrés procesiones al año en honor de santos, vírgenes y cristos, y no hay mes que no haya una novena, un septenario, o alguna fiesta de Iglesia. Como compensación, hay muchísimas intenciones de misas y con eso se puede colaborar muy bien al mantenimiento de la caja de compensación del obispado. Yo no sé de la existencia de esa caja porque en mis pueblos casi no tengo intenciones y me las quedo, así que le pregunto y me explica que cuando un sacerdote, en su destino no tiene quien le encargue misas, lo solicita y el obispado saca dinero de esa caja para pagarle lo que todos tenemos derecho: una intención al día, salvo el domingo en que se ha de decir una misa pro populo. Me pongo a pensar que en mis pueblos hay muy pocas intenciones pero más de una diaria de media y yo jamás he ingresado nada por ese concepto al obispado. Me dice también que ese pueblo da para vivir tan bien que el párroco de allí está obligado a comunicar al obispo que sus ingresos le permiten vivir con dignidad y así el obispado ya no paga el subsidio mensual que suele transferirnos a los párrocos. Sigo dándole cuerda para que me hable de su destino actual, pero no presto atención porque ya tengo la información que quería. Hay que ver Matías que súper recto es. A buenas horas digo yo nada de que cobro bastante para que el Obispado se ahorre mi paga; porque si no me la dan a mí ¿quién se beneficiará? Pues lo más seguro el propio obispado, lo que no me parece de recibo porque el esfuerzo lo hago yo.

Hace tiempo que quiero cambiarme a una parroquia alejada de las que tengo para no poder venir a las cenas y porque mis expectativas económicas han tocado techo. Esa parroquia de Monteliebre me interesa, así que he de llamar a Jorge. Me recibe bien, amable y servicial como siempre. No hace mucho que le había visto por palacio. Es el Secretario Personal del Obispo y, como es lógico, no tiene parroquia. Le saludo, le pregunto por la familia, por la hermana, por los sobrinos… me contesta que tanto las dos chicas como los dos chicos son buenas personas, que su padre no se ocupa de ellos, que, por tanto, viven con él y tiene que hacerles de padre. Su hermana cuida de la casa y él los mantiene a todos, con mucha modestia pero con dignidad. Son como hijos porque, fíjate que cuando las cosas comenzaron a irles mal la pequeña tenía solo tres meses y cuando ya se vinieron a casa, seis. Así y todo no quiero que olviden a su padre y les obligo a verle cuando se digna venir porque es su padre y, sea como fuere, lo tienen que respetar. Los mayores -el segundo está en la adolescencia- ya protestan y dicen que no tienen nada que agradecerle pero yo les contesto con las palabras del Señor en el Sermón de la Montaña: “a cualquiera que te hiera en la mejilla derecha, vuélvele también la otra”; además, vuestro padre no os ha hecho ningún mal solo ha dejado de hacer el bien que era su deber. Sed indulgentes con sus fallos porque vosotros también tendréis los vuestros. En fin… como decía Bernardo, va para santo con los rodetes rojos de sus mejillas.

Cuando acabo la introducción le digo, con rodeos, que, claro, que ya llevo casi seis años en mi primer destino, que ese suele ser el tiempo que duran, que creo que ya es hora de cambiar porque todos nos desgastamos y yo a aquellos pueblos ya no les puedo aportar nada, que me han dicho que la parroquia de Monteliebre se va a quedar vacante, que a mí con lo aficionados que son a la liturgia y a las grandes celebraciones me iría como anillo al dedo, en fin, que si pudiera influir en que me la den yo creo que allí haría un buen papel, que vea lo contentos que están ahora mis feligreses, que… Cómo no, claro que lo haré, esa parroquia te conviene y tú le convienes a ella; haré todo lo que esté en mi mano para que te nombren párroco de La Inmaculada de Monteliebre. Cuando conseguí su promesa de ayuda, le dije: Ay, te quería pedir un favor, no para mí sino para Luis…, porque no sé si has pensado en que es hijo único, sus padres son mayores, a ver si tienes una parroquia cerca de su pueblo, no en el mismo, claro, porque nadie es profeta en su tierra. Yo no me lo quito de la cabeza y creo que él aceptaría incluso una bajada de nivel por estar cerca de ellos. No me preguntó de qué pueblo era. O lo sabía o no sé qué le pasó por la mente. Como era de esperar dijo que ya le llamaría para hablar personalmente con él porque era tan comedido que, seguramente, no vendrá a pedirlo por no molestar. Oh, sí, llámalo y ten preparado algo que le convenga. Venga, gracias. Me voy.

Ya prácticamente ha llegado la Navidad con todo el trabajo que ello conlleva. Me gustan estas celebraciones extraordinarias como la Navidad, la Pascua, las Fiestas Patronales… porque me dan la oportunidad de montar las fiestas de Iglesia, dentro del protocolo establecido, como me apetece. Lo primero que hago es reunirme con el Consejo de Liturgia para prepararlo todo. La decoración preciosista, quién ha de leer las moniciones de entrada y las lecturas de las misas, el coro, las piezas que tienen que cantar, quién va a tocar el armonium, las flores, la limpieza del templo, las ofrendas, los monaguillos… Es tiempo de disfrutar en el altar. A veces pienso que erré mis estudios, que yo tenía que haber sido, de no haber podido ordenarme, escenógrafo teatral. ¡Qué bien habrían estado las producciones en las que hubiera intervenido! Esto es parecido pero con el público asegurado que, en el teatro, no se tiene. El jueves santo, para la misa -que no es de precepto pero es la que más fieles concentra en todo el año- las iglesias están a reventar. La Misa del Gallo también suele concertar muchísimos fieles. La de Gloria con su hoguera previa a la puerta del templo… ¡Qué hermoso es todo esto!  En las de Navidad y Pascua suelen venir mis padres a estar conmigo. Este año mi madre tiene, como siempre, una excusa perfecta para estar seria y taciturna pues el día de Navidad -no podían haber elegido otro día- han matado a Ceaucescu y a su esposa en Rumanía, y mi madre se pasa todo el día vaticinando la tercera guerra mundial porque, mira hijo, las guerras mundiales siempre comenzaron en los Balcanes y esto nos faltaba a lo que había, y hay que ver cómo somos las personas. Cansina mi madre que no deja gozar  de nada. Mi padre es diferente. Va a todos los bares, hace amistad con todos los del pueblo, viene justito a las celebraciones que yo le exijo y el resto del tiempo lo pasa, feliz, hablando con unos y con otros. Bueno, mi madre no es que venga mucho más a la Iglesia pero su afán de quedar bien con la gente es tan grande que basta que le insinúe que estaría bien que viniera para que lo haga.

Pronto me llamó Jorge para decirme oficiosamente que la parroquia de la Inmaculada de Monteliebre era mía. Tiempo después me llamó el Vicario General para darme la noticia oficialmente. Mi entrada se haría en octubre, así que ya podía ir preparando las cosas.

En mis pueblos no dije nada. Tan solo a Bernardo le confié la certeza de mi nombramiento lo que provocó que me llamara “cabronazo” hasta que se hartó porque, de forma artera, le había quitado el puesto a Luis. Jolín con Bernardo; yo no le había dicho nada pero se ve que Luis sí se lo había dicho y él ató cabos.

En cuanto tuve la noticia, un jueves de agosto, plomizo de calor y con un sol de justicia, mientras Saddam Hussein invadía Kuwait, me asomé a Monteliebre. El pueblo queda a unos noventa kilómetros de la capital de provincia y a unos sesenta de los míos. La carretera es bastante buena hasta que, unos trece kilómetros antes de arribar, se estrecha y serpentea enrollándose sobre los montes para subir entre pinares desde las pozas claras de un río. Se sale del bosque y aunque faltan aun varios kilómetros para llegar puede verse un rebaño grande de casitas blancas encaramadas al otero que ocupa la población, como si quisieran subir a oír misa en la Iglesia que, en el altozano, lo preside todo. Al lado del templo un manchón verde oscuro que debe ser un trozo de pinada o un jardín grande. Contrasta con las montañas peladas que lo circundan. No sé si la vegetación se habrá quemado en un pasado no muy lejano para que no existan casi árboles o que el terreno será poco fértil pero el caso es que la impresión es de pobreza; no existe huerta y el río que pasa a los pies del pueblo va encajonado en un pequeño tajo que impide que el agua se utilice para el riego pues no existen campos a su vera. Si no fuera porque sé de buena tinta que es un buen destino, huiría despavorido.

Entro al pueblo por el único puente que cruza el cañoncito del río. Antes de pasarlo, junto a la carretera existen varias construcciones, una antigua estación del ferrocarril que desertó hace ya tiempo y que han convertido en una posada rural, alguna casa habitada y alguna fábrica. Cuando se cruza el puente la calle comienza a ascender en rampa y las señales te llevan hacia la plaza donde el vetusto edificio del Ayuntamiento medio se esconde. Sigue, zigzaguea por el cerro, hasta llegar a la entrada del templo que se yergue, altivo, en lo más alto del pueblo. ¡Vaya vistas hay aquí! Se ven perfectamente a lo lejos las montañas más altas de la región, de más de mil metros, las pinadas que he atravesado, la cicatriz que marca el río sobre el terreno. En la puerta de la Iglesia paro el coche y bajo a ver mis futuros dominios.

Me encanta lo que veo. El templo mira hacia abajo, hacia el pueblo y ante la fachada tiene un jardín cuadrado y grande rodeado con rejerías dieciochescas acabadas en punta de lanza, sostenidas por un murete de piedra que de tanto en tanto soporta una columna redonda también de piedra y que separa unas rejas de otras. La puerta acaba en una curva que se eleva por encima del resto de la reja. Está abierta a una gran escalinata, ancha y de unos treinta peldaños que ayudan a superar el desnivel que existe en este punto. A los lados de la escalera los parterres de formas geométricas tienen un seto de boj y en su interior rosales con rosas de varios colores. El jardín está cuidadísimo. No es la masa verde que se vislumbraba desde la carretera.

Desde la puerta de reja se ve la escalinata y a su final una plataforma donde se ubica la fachada. Es regia. Se nota que aquí debe hacer frío en invierno porque dispone de un pórtico de tres arcos por donde se accede al interior del templo. No quiero entrar aun. Me vuelvo y la vista es mejor todavía que desde la puerta de hierro. Lástima que hoy en día los coches lo avasallen todo porque la plaza que existe delante mismo de la puerta se vería preciosa con sus casitas bajas si no estuviera toda sembrada de automóviles y motocicletas. Me doy cuenta que a la izquierda del edificio y separado por un muro alto hay un pinar de grandes dimensiones, con árboles muy altos. Es el manchón verde que distinguí en el camino. Luego veré qué es.

La fachada es monumental, de piedra caliza, rematada por un ático con frontón triangular en cuyo tímpano existe un tondo circular con un escudo un poco deteriorado. A los lados hay dos torretas, con campanas, mucho más bajas que la cúpula. Una cruz preside el edificio y a sus lados dos ángeles se inclinan hacia ella para adorarla. En la fachada hay dos estatuas -una es la Inmaculada y la otra San Jacinto, patrones ambos de la población- y diversos adornos y estatuas más pequeñas, compuestos en mármol que resaltan sobre la piedra del resto.

El edificio es del siglo XVIII, barroco del todo, adornadísimo, con muchísimos complementos. La puerta, altísima, de madera labrada, bellísima y bien conservada. En el interior llama la atención la mezcla de elementos clásicos, barrocos y rococós, con bronces, mármoles y, sobre todo, muchos colores. El conjunto resulta muy alegre. Me giro y veo el coro, con su barandilla de madera labrada y su techo artesonado y un órgano, también dieciochesco, con muchas trompetas, y decorado con profusión de pinturas.

No me lo puedo creer. Me quería venir por huir de mis costumbres laxas y por incrementar mis ingresos pero esto es un regalo del Señor. Un marco para mis actuaciones que no podía haber pretendido ni en mis mejores sueños.

La planta del edificio es de cruz latina y una sola nave ancha con el suelo de mármol que va haciendo dibujos geométricos complejos en blanco y verde. En el frontis, el retablo, en honor de la Virgen María. Sobre una base de mármol verde se alzan tres columnillas en mármol blanco a cada lado, rematadas con un capitel dorado. En el centro un cuadro al óleo de la Inmaculada Concepción. Arriba una estatua de San Jacinto, con su hábito dominico, cogiendo con una mano la Virgen y con la otra la custodia -este santo polaco no sé cómo ha podido llegar a ser patrón de esta Iglesia pero ya me enteraré. Delante, en el centro del presbiterio, está el altar, de mármol blanco y rosa con adornos de bronce debajo del cual un corderito blanco duerme apaciblemente. Todo está cuidado. Una puerta se abre a cada lado del retablo, como camuflada. Entro en la de la derecha y en el trasaltar veo el despacho y después la sacristía que vuelve a salir por la puerta de la izquierda del retablo. En la sacristía una fuente en la pared y una mesa, ambas taraceadas en mármol me llaman la atención. También son de admirar las cajoneras de la sacristía, de madera de caoba con marquetería en nácar y ébano, como morunas. Todo es suntuoso. No hay nadie en la sacristía pero cuando salgo me está esperando una de las tres mujeres que, cuando entré, estaban sentadas en los bancos en actitud de oración. Viene a pedirme explicaciones de por qué entro como Pedro por su casa. Es que estoy buscando al párroco. Pues no está, los jueves por la mañana no suele estar porque marcha a su casa, si quiere algo de aquí dígamelo a mí. Ah, no, pues solo quería saludarlo porque es amigo mío pero ya le llamaré. Vale, pues adiós. Cuando me dispongo a salir, casi me muero al ver la escalera del púlpito. No he visto nada igual en mi vida. Un ángel con las alas medio extendidas y haciendo una leve genuflexión da inicio a la escalera. Es una estatua grácil y de una levedad inusitada. Te quita las ganas de apoyarse en él por no estorbar su acción. La escalera con columnillas muy finas, adornada con guirnaldas de flores y frutas, y el púlpito rematado por un tornavoz donde están representados, en pequeño, los símbolos de los evangelistas: el hombre, el buey, el águila y el león. Todo en mármol de varios colores. Lo miro, lo remiro y no puedo marcharme. La mujer, que ha estado pendiente de mí en todo momento, se me acerca. ¿Le gusta, pues? Me encanta. Tenemos una Iglesia muy bonita. Desde luego; el que sea párroco de aquí estará en la gloria. Oh, sí, pero resulta que el que tenemos se nos va; ya veremos a quien mandan. Por el amor de Dios que sea muy trabajador porque aquí hay mucho que hacer. ¿No me diga? ¿No dicen que los curas viven muy bien por lo poco que trabajan? No será aquí, pues. Solo con las cofradías que tenemos que son más de veinte ya tiene mucho que hacer. Esta parroquia siempre ha sido para un párroco y dos vicarios pero ahora, con las pocas vocaciones que hay pues mire, uno solo para todo. Bueno, pues ya me voy. Adiós, señora.

Es Ángela, la que hace de sacristana, lava la ropa y cuida como un cancerbero al párroco y la iglesia. La conoceré luego, cuando me incorpore y me reconocerá en seguida como el hombre que estuvo mirando toda la iglesia con gran atención. Es una mujer alta y recia, como una opulenta matrona romana. La cara alargada, el cabello muy corto y los ojos y labios sin pintar. Viste con sencillez, un pantalón y una camiseta de mercadillo. A botepronto impone un poco, después ya no; pero ojo con el que intente burlar las órdenes del párroco -del que sea- o se meta con su iglesia. Ésta será mi leona.

Salgo a la calle con una alegría inmensa y doy gracias a Dios por todas las mercedes que me hace. Voy hacia la izquierda del edificio para ver dónde para el muro alto de calicanto, coronado de cristales rotos de punta; lo resigo pero llega un momento que no puedo continuar, va directo a un cantil. Por el hueco veo, abajo, un gran polígono industrial cerca de otra carretera mejor que la que utilicé para venir. Vuelvo a rodear la iglesia y a la parte derecha continúa la plaza hacia arriba. Cuando se acaba el edificio de la iglesia, hay una puerta y pegada una casa de dos alturas con un azulejo que dice “Casa Rectoral”. Al final de la casa, en ángulo recto una reja tosca que cierra el precipicio por este lado y enfrente unas casitas bajas, humildes. La puerta que he visto es la que utiliza la gente mayor o impedida para entrar a la iglesia sin tener que subir la escalinata. Da al despacho y de allí pasan a la Iglesia.

Así que esta será mi casa. Sin ser la que tengo en Aguabuena, no parece mala. No hay nadie en esta parte de la plaza, hasta hay sitio para aparcar.



[1] Eclesiástico, 51, 1-2

No hay comentarios: