Vigésimo primera entrega


El jueves dieciséis de enero toda la familia despedíamos a Joaquín y Carolina que embarcaban en el pequeño aeropuerto de nuestra capital de provincia rumbo a Madrid para seguir, haciendo varias escalas, hasta Manila donde los esperarían los padres de él. Joaquín era alto y fornido, con ese cuerpo elástico y duro de los bailarines. Como le hice responsable de la decisión de mi hermana pequeña no me cayó bien así que no le dirigí la palabra. Carolina ignoró mi actitud. Mis padres tenían una tristeza que les abatía el ánimo; se quedaban solos y desconocían la suerte que iba a correr su hija. Si les hubiera pasado un camión por encima no les habría visto tan chafados. A mí madre estaba acostumbrado a verla así pero no a mi padre y eso me impactó. La siguiente vez que le vi así fue cuando vino a mi juicio y le vi de lejos, en el pasillo del Juzgado.

Carolina llamó en seguida a casa para decir que estaban bien y siguió llamando periódicamente para contarnos cómo era su vida. Joaquín comenzó a trabajar en el negocio familiar, con gran alegría de sus padres que, por otra parte, no les dejaron dormir juntos hasta que no se casaron por el rito católico un mes después. Yo me alegré de esto último porque, al menos, seguiría practicando la religión católica y educaría a sus hijos en su seno. Pronto quedó encinta y en enero del año siguiente le nació un niño de ojos rasgados, pelo negro y tieso, y moreno de tez, a quien impusieron el nombre de Mauro precisamente porque yo tenía especial devoción al santo de su nombre, niño mártir romano.

Pero todo eso ya pasó y hoy estoy en Aguabuena, en esta casa recién construida, acostado en la cama fernandina, amparado por la M de la Virgen María, y a ella le doy gracias por mi vida, por el don que me ha hecho de poder estar aquí. Mis ingresos no son excesivos pero sí suficientes para vivir y como nunca he andado sobrado no me parece tan malo, máxime cuando mis gastos son sufragados por los fieles. No pago luz, agua ni teléfono. Mis feligreses me quieren o, al menos, eso creo. Sobre todo los de Aguabuena porque yo también me he volcado en este pueblo. Aun durante el tiempo que viví en Granalita, en realidad dormí allí porque el día lo pasaba en Aguabuena dirigiendo obras, comiendo o cenando en alguna casa, o en alguna reunión. En Vallenegro no querían procesiones vistosas ni celebraciones largas por lo que no me sentía a gusto así que ni yo les pedía demasiado ni ellos a mí tampoco y nos soportamos todos bastante bien.

Nada más llegar reglamenté mi vida, elaboré mis horarios, y creo que hasta ahora ha sido el periodo más disciplinado que he tenido. Rezo el oficio de las horas y digo misa todos los días con excepción del lunes, escribo en la hoja interparroquial un artículo cada semana, me preocupo, junto con los Grupos de Liturgia, de que las celebraciones de Navidad, Semana Santa y las fiestas patronales locales se preparen con todo esmero y sin reparar en medios para que todo salga perfecto.

Por fin me quedé dormido y cuando despierto lo hago sobresaltado. No recordaba que tengo cita con el Notario en una población vecina y me queda poco tiempo para arreglarme. Aunque no trabaja los sábados me dijo que fuera hoy para preparar las escrituras de declaración de obra nueva de la casa abadía. Ya es el último trámite. Nos conocemos de cuando fui a constituir la hipoteca con los del banco y me pareció un hombre estupendo. Simpático y elegante.

Me he vestido y he marchado rápidamente. Hay unos escasos veinte kilómetros hasta el pueblo en el que está destinado. Tiene la Notaría en un piso de la parte nueva de la población. El oficial mayor y los auxiliares no trabajan hoy pero cuando llego lo encuentro con un joven que, al principio, tomé por algún auxiliar de la Notaria pero pronto me percato de que su relación no es de trabajo. Es un joven rubio, jovencito, andrógino, de nariz aquilina, extremado en el vestir; y el trato entre ellos no es laboral. La actitud del chico es caprichosa y le hace comentarios que, sin ser inconvenientes, no son lo que cabría esperar entre todo un señor notario y un niñato. Rápidamente me doy cuenta de la situación: Miguel es gay y Honorio su amante; eso explica la pequeña tiranía que éste ejerce sobre aquél y la tolerancia del otro, aunque también pudiera ser algún sobrino o pariente al que se profesa un cariño especial. Mientras estoy allí arreglando papeles, Miguel va respondiendo mis preguntas y explicándome los pormenores de lo que vamos a hacer y quién tiene que firmar, alternando con frases de cariñoso reproche hacia Honorio que no para de tocar cosas.

Al salir de la oficina, he pensado que podía quedarme a comer con Bernardo, destinado en la Iglesia de Santa María de la misma población, así que me dirijo hacia su casa a ver si está disponible porque no me apetece comer solo. Voy a su piso, en una finca anodina y fea, aunque el interior de su vivienda está bien arreglado. Nos saludamos efusivamente y, dada la hora, nos vamos a comer a un restaurante. Hablamos de la situación de la diócesis, del obispo, de nuestro tiempo de seminario… Le digo lo que he visto en la Notaría. Se ríe con complicidad. Me comenta que no conoce al tal Honorio pero que conoce a Miguel y sí, he dado en el clavo, es gay total aunque no tenga pluma, y siempre va rodeado de un séquito de muchachitos en el final de la adolescencia. No tengo demasiado interés de hablar de ese tema porque no quiero delatarme pero Bernardo actúa como si supiera que yo también entiendo. Él es feliz en su destino, aunque no recuerdo que Bernardo se haya quejado nunca de nada. Es la alegría personificada. La conversación deriva hacia los compañeros y amigos y me comenta que la hermana de Jorge se ha separado del marido y tiene cuatro hijos cuyo padre ha dejado en el más absoluto abandono. Y entonces suelta la bomba: “La bienpintá va para santo porque los ha acogido en su casa y está manteniéndolos a todos y haciendo de padre de los sobrinos”. La bienpintá. La bienpintá. ¿Qué me está diciendo, que Jorge también es gay? Ya me decido y le pregunto directamente. Me contesta: “Hijo, no te enteras de nada, aquí en la Iglesia no seremos machos pero somos muchas”. Y lo peor de todo es que me estaba incluyendo a mí. Me entró una especie de vértigo mientras él me miraba y se reía: “No te lo tomes así. No hay para tanto. En Estados Unidos se rumorea que hay mar de fondo porque los curas o tienen mujer y viven con ella y con sus hijos o conviven con su amante masculino, y aquí en Europa la proporción de gays entre los clérigos aumenta de forma progresiva. ¿O no te acuerdas del seminario? ¿No has visto a nuestro obispo? Pues que sepas que, en el mundillo, se le conoce como “la reinona” y Jorge es su niño amado. No me extrañaría nada que, pronto, lo consagraran obispo. Por cierto, ¿te acuerdas de Lázaro, aquél tan estudioso, que iba dos cursos por delante de nosotros? Pues lo han nombrado rector del seminario”. Ya lo sabía ¿Y qué? “Qué ¿y qué? ¿No sabes que le llaman “la gargamela” por lo que se parece a Gargamel, el de los Pitufos?”. Ya la cabeza me da vueltas, tengo arcadas, y no puedo seguir comiendo. Aparto el plato y solo se me ocurre preguntar ¿y por qué llaman la bienpintá a Jorge? Porque lo de reinona sé que es por la majestuosidad de las apariciones públicas de nuestro ordinario, pero ¿a Jorge la bienpintá? ¿por qué? Contesta que no sabe, que seguramente por los rodetes enrojecidos de rubor que tiene en su cara de niño bueno. Lázaro fue  el compañero que sorprendí, en el seminario, saliendo del cuarto de Gregorio cuando yo iba o venía del de Alejandro.

Me voy a casa hecho polvo. Yo me había mantenido casto desde mi ordenación y había luchado a brazo partido contra las tentaciones de Asmodeo pagando el pequeño precio de alguna masturbación ocasional y aquello no podía ser verdad.

Cuando pasó el asombro, llegó el disgusto y la pena, y más adelante la inquietud. He llegado a Granalita para decir misa, y al ir subiendo por sus calles empinadas me he encontrado con un grupo de jóvenes de los que vienen a pasar el fin de semana. He mirado con complacencia a algunos de ellos. Antes sentía el deseo de hacerlo pero bajaba la cabeza y musitaba entre dientes una oración:

“Libra mis ojos de la muerte, dales la luz que es su destino. Yo, como el ciego del camino, pido un milagro para verte. Haz de esta piedra de mis manos una herramienta constructiva. Cura mi fiebre posesiva y ábrela al bien de mis hermanos. Que yo comprenda, Señor mío, al que se queja y retrocede, que el corazón no se me quede desentendidamente frío. Libra mi sed del enemigo. ¡Tantos me dicen que estás muerto! Tú que conoces el desierto, dame tu mano y ven conmigo”.

Esta oración tenía la virtud de confortarme y hacerme capaz de aguantar el tirón de la carne. Al ver la muchachada, he iniciado la oración pero al llegar a la petición de ser comprensivo con el que se queja y retrocede he pensado que ése era yo mismo y que hoy, inevitablemente, retrocedería.

He dicho la misa distraído, se me ha olvidado el Credo. Por un momento los fieles se han mirado unos a otros pero luego han seguido con atención la eucaristía. En Granalita parece que celebramos en familia, sobre todo los jueves que somos cuatro gatos.

Me voy a casa declinando la invitación a cenar por parte de Rosa y Salcedo, un matrimonio amigo, en cuya casa suelo quedarme los sábados después de la misa y hasta bien entrada la madrugada, porque nos entendemos bien. Él es abogado y vienen sólo los fines de semana. Rosa no sabe qué hacerse conmigo: me compra vino del que me gusta, me guisa todo aquello que le insinúo, acepta los amigos que le traigo, me hace la estancia agradable. Pero hoy no tengo el cuerpo para amigos. He puesto una excusa y me marcho a casa.
           
La noche la paso medio en vela por un deseo irreprimible pero no cedo. Rezo. El domingo me levanto con el tiempo justo y voy a decir misa primero en Aguabuena y luego en Vallenegro. A las dos acabo, Este fin de semana no he tenido ni entierros ni bodas ni bautizos, así que me puedo ir porque hasta el martes que volveré a Aguabuena a celebrar no soy necesario aquí. He dejado instrucciones de que si pasara algo, llamen a Bernardo al que he pedido el favor de que me sustituya si llega el momento.

Cojo el coche y me voy hacia la capital de provincia. Mis padres están en su pueblo y en casa no hay nadie. Llego tarde. Bajo al bar a comer. Me saluda la gente. Me meto en casa y hago una pequeña siesta. A las seis de la tarde bajo a la calle y me voy andando, como si llevara puesto el piloto automático. No soy consciente o no quiero serlo de adónde voy. Paro en un bar y me tomo un whisky para animarme. Pido otro, me lo tomo rápido y salgo.

Llego al portal de un edificio de oficinas, construido muy cerca de donde tiene la tienda Valentín. La gente, que se fue de fin de semana el viernes, no ha vuelto aun y el centro de la ciudad está un poco desierto y desangelado. Paso el portal y entro en el ascensor. En el panel de empresas del portal no se anuncia el negocio pero yo sé que está en el tercer piso. Bajo y llamo a la única puerta de la planta. Me abre un mulatillo de pocos años y me sonríe a la vez que me hace un gesto con la mano para que entre. Va vestido con una camiseta muy ajustada, sin mangas, de franjas horizontales azules y blancas, y un pantalón corto, blanco, ajustadísimo que le marca el culo provocativamente. Camina descalzo por la moqueta y se contonea delante de mí. Me pregunta si quiero ver a los chicos. Digo que sí. Me pasan a una salita con las paredes pintadas de color fucsia y cuadros colgados de chicos jóvenes y esculturales en actitudes lascivas que apenas puedo ver por la falta de luz. Van vestidos o, si están desnudos, posan de espalda. Hay un cristal en uno de los tabiques. Se enciende una luz detrás del vidrio mientras mi cuartito permanece oscuro y desfilan, uno tras otro, siete jovencitos. No me gustan con plumas, y elijo un cuarterón no muy alto pero fornido y recio, completamente depilado. Ha salido en gayumbos boxer blancos y con el dedo se los baja un poco, coquetuelamente, por el costado. Me ha gustado él y su actitud. Toco el timbre para avisar de que me quedo con el morenazo. Apagan la luz y viene a verme el mulatillo. Me hace pagar por adelantado y me dice que si en diez minutos lo quiero cambiar porque no quedo contento, que le llame tocando el timbre que hay en la pared al lado de la cama. Tengo una hora por delante para hacer lo que quiera. Entro en la habitación, de gusto totalmente kitsch, con las paredes rojas, cuadros con dibujos de efebos desnudos y la colcha de la cama como si fuera una piel de cebra. Pido otro whisky y me lo sirven. La bebida va aparte. La encuentro más cara que el servicio. Entra el chico y me sonríe de forma sensual. Me acerco a él. El alcohol me ha hecho atrevido. Mis dedos rozan su mejilla y luego sus pectorales. No he de pedir un cambio. Es de mi agrado. No creo que pase de los veinte años y sabe su oficio.

Cuando todo acaba, me ducho, me visto y me voy. Llego a casa de mis padres bastante tarde porque he estado callejeando. El aturdimiento que me provocó el alcohol se desvaneció hace rato y ahora una culpa terrible me atenaza, así que abro el aparador donde mi padre guarda su botella de coñac y me sirvo un vaso mezclándolo con naranjada para mitigar su mal sabor. Sigo bebiendo; menos mal que hay otra botella guardada y la repongo para que mi padre no note su falta. Cuando ya no distingo mi propia borrachera llamo a Conchita como siempre que tengo un problema. Se ve que está acostada porque tarda en contestar. Cuando la oigo, balbuceo, le digo que perdone la hora, que necesito hablarle. Su calma me anima. Qué pasa. Nada, nada, que estoy triste, que necesito consuelo, que vengo de un sitio donde no debí ir nunca. Ella, sagaz como es, entiende enseguida por dónde van los tiros y me escucha. Se lo cuento todo, hasta el precio y le confío que estoy hecho polvo. Ni siquiera me planteo en qué parte de su casa está hablando, porque si lo hace en su habitación, Pablo se estará enterando de todo. Yo sigo, atropelladamente, contándole los detalles. Ella calla y escucha. Al final me dice que no me atormente, que no seré ni el primero ni el último, que lo importante no es caer sino saber levantarse, que no me martirice, que la vida de un cura en ese aspecto es muy dura y que ya se imaginaba que esto pasaría. Que quizá el modo en que ha sucedido es el menos malo de todos porque no hay engaños, ni falsas ilusiones por parte de nadie. Le hablo de Miguel, de Bernardo, de todo lo que he visto y oído. Acabamos riéndonos; a mí se me va pasando la segunda parte de la borrachera de hoy y ella se ha desvelado y ya no va a poder dormir, así que hacemos bromas sobre la Gargamela y la Reinona, y muerta de risa, me dice que no pasa nada, que después de nombrar Arzobispo al hermano gemelo de Paco Clavel[1] ya nada le extraña.

Cuelgo pasadas las cinco de la mañana. Mi madre protestará por el coste de la llamada. Me acuesto y me duermo profundamente.

Ha vuelto a atraparme el sexo y semana tras semana sigo viniendo al burdel. Antes de entrar ingiero una considerable cantidad de alcohol, cada vez más, para atreverme. Después de salir sigo bebiendo para olvidar lo que he hecho. Ya no llamo a Conchita porque no quiero que me dé el rollo diciéndome otra vez que “lo importante no es caer sino saber levantarse” porque a mí, ahora, no me da la gana levantarme. Es una suerte que el Vaticano II quitara la obligación de la tonsura porque de seguir existiendo me tendría que poner un parche de pelo para ocultarla o todo el mundo sabría lo que soy y eso redundaría en menoscabo de la fama de la Iglesia a la que, por nada del mundo, querría perjudicar.

Para reunir todo el papeleo necesario se ha tenido que ir posponiendo lo de la escritura de la casa y después de varios meses voy, ¡por fin! a firmar. Tengo todos los permisos del Obispado, los certificados de obra y demás papeles. Miguel, muy amable, al saber que estoy allí, sale personalmente a saludarme y rogarme que tengamos un poco de paciencia, que el último documento está tardando un poco más de lo que creía. Es tarde cuando se acaba la firma y en la Notaria solo queda la recepcionista que está ya preparando su marcha. Miguel me pide que me quede un momento, que tiene algo que decirme, así que le digo a Salcedo que ha tenido el detalle de acompañarme a la firma para asesorarme, que me quedo, que gracias, que nos vemos… Nos quedamos solos y Miguel cambia completamente la expresión de su cara. Viene hacia mí mirándome a los ojos y esbozando una sonrisa pícara. Se la devuelvo y me fijo en el mar inmenso de sus ojos, de un azul profundo. Por un momento creo que me va a tirar los tejos porque, al acercarse, me coge la solapa de la chaqueta con coquetería y muy cerquita, con voz melosa, me dice que vayamos a tomar algo, que es lo menos que puede hacer, invitarme a una copa por el tiempo que nos ha hecho esperar. En el bar su actitud es más distante. Nos caemos bien y cuando ya creo que me va a proponer que subamos otra vez al despacho, me propone otra cosa, un poco misteriosa e intrigante. Me pregunta si quiero acompañarle a una cena el miércoles próximo a la que vendrán otros amigos suyos y míos. No entiendo mucho de qué va la cosa pero digo que sí, y quedamos en que el miércoles yo vendré hasta su despacho hacia las nueve de la noche y ya partiremos juntos hacia el restaurante.

Paso los días pensando en esa cena y se me vuelven largos e interminables. Ese domingo no voy a la capital. He de quedarme a redactar mi colaboración en la hoja interparroquial. No tengo ganas pero he de hacerlo, así que cojo dos libros y copio párrafos enteros que tienen que ver con las lecturas y el evangelio del domingo que viene. Lo leo y el resultado final no ha quedado mal del todo. Seguro que nadie se da cuenta porque nadie lee libros de religión y menos aquí.

Llega el miércoles y voy al despacho de Miguel. Ya está solo. Me saluda y me indica que vamos a ir cada uno en nuestro coche porque el restaurante queda un poco lejos y apartado y que así es más cómodo porque nos podemos ir cuando nos apetezca sin tener que esperarnos uno al otro. Esto incrementa mi curiosidad.

Antes pasamos al bar para tomar unas copas. Me mira con complicidad y me dice que no me arrepentiré, que está seguro de que lo que me propone va a ser de mi agrado pero que, si no lo es, que me marche, que en esta ocasión me va a invitar pero, si quiero volver, ya será cuenta mía, que sale un poco caro pero vale la pena… Subimos a los coches y su BMW tira delante de mi pobre utilitario. Le sigo por una carretera que sube a la sierra cercana y, a unos kilómetros, se desvía a la izquierda al pasar por dos abetos solitarios y encaramos una vereda de tierra custodiada por dos filas de cipreses, centinelas del camino, a cuyo final se atisba una casona. Ni siquiera me he fijado en que, a la entrada hay un cartel que anuncia una casa rural en una puerta de hierro que está abierta. Hay siete coches en el aparcamiento. Dejamos los nuestros y entramos.

Miguel saluda al que parece ser el dueño, quien le da la bienvenida y bromean juntos. Nos pasan a un salón donde está primorosamente preparada la mesa de la cena y ya hay  sentados algunos comensales. Miguel saluda y me presenta como un amigo a quien aprecia mucho -eso me alarma un poco porque no nos conocemos casi pero no digo nada porque hay gente que en seguida llama amigo a cualquiera-. Nos sentamos y esperamos al resto. Aun hay cuatro sillas vacías. Están bebiendo champán francés y nos sirven a  nosotros. Comienzo a ver de qué va la cosa porque el que sirve el champán lo hace con unas contorsiones y unos ademanes que delatan su condición. ¡Acabáramos! Es una cena de “entendidos”. Al entrar los dos últimos me quedo como cataléptico y ellos se ríen abiertamente. ¡Coño! Es Bernardo acompañado de Facundo. Facundo está casado y en Aguabuena  todos lo tienen como un buen marido y un buen padre de familia. ¿Estaré equivocado y la cena no irá de mariconeo? Pero no, no he errado mi apreciación. Comprendo cómo ha sido que me invite Miguel. Seguramente conoció a Bernardo aquí o en algún otro lugar. Bernardo, aunque nunca se ha verbalizado, siempre ha dado por supuesto que yo era gay. De él yo también lo suponía pero jamás me habría arriesgado a traerle a un sitio así. Desde luego es más atrevido que yo.

Nos sirven dos camareros y la casa rural, ahora en invierno, cierra los miércoles al público para poder abrirla para nosotros solos. La comida es excelente: caviar ruso, salmón noruego, pato confitado, almejas de carril, vino de ribera de Duero, solomillo de ternera a la plancha, bacalao guisado con nata,… en fin, exquisiteces. Bebo mucho más de lo conveniente. Agustín se sienta a mi lado. Es rubio y de ojos azules y me gusta. Lo malo es que es mayor que yo. Yo comienzo con una actitud tímida y expectante, observando el terreno que piso para no resbalar, pero paulatinamente voy interviniendo en la conversación cada vez con más espontaneidad. La reunión se va volviendo más bulliciosa, más desinhibida y me va arrastrando, en parte por el alcohol y en parte porque me siento muy a gusto. Aquí no tengo que controlar mis maneras ni mis palabras, puedo decir lo que quiera y en el tono que quiera. Nadie se inmuta cuando entra el camarero más joven y nos pregunta si queremos algo más, y Clemente, un profesor de instituto separado, de cuarenta y dos años, con dos hijos de ocho y diez años que viven con él, le conteste: “¡Ay hijo, lo que yo quisiera a lo mejor no me lo quieres dar!”, a lo que respondo con voz grave y de falso reproche: “Haz el favor de no ligar con el servicio”. Los comentarios de esta guisa se suceden, las risas, la pluma forzada, las maneras, el hablar en femenino…

Pepe, gordo y melifluo, cada vez que hablamos todos a la vez y elevamos la voz, toca con su tenedor la    copa, llamándonos al orden: “Chicas, chicas, reprimíos, ¿qué van a decir de nosotras?” La bebida que llevo en el cuerpo no me deja pensar y participo de la fiesta activamente. Bernardo está en su salsa; gracioso, ocurrente, guapo, metiéndose con todos; cuando Germán, el más joven, dice su segunda soplapollada de la noche, Bernardo le pregunta todo serio: “Germán, hijo, ¿en tu casa saben lo tuyo?” No sabemos a qué se refiere con “lo tuyo”, si la cortedad de mente que evidencia o su condición de gay pero a todos, incluido el destinatario, nos da por reírnos a carcajadas.

Comienzo a mirar de soslayo a Agustín, que me ha dicho que es Ingeniero de Telefónica, y veo que lleva las uñas  de un rosa pálido, muy brillantes. Me atrevo a decirlo y él se ríe y me explica que se las hace pintar antes de venir y que esta misma noche se lo quita porque mañana trabaja y si le vieran así no sé qué pasaría pero que le encantaría poder llevar las uñas largas de un rojo intenso y vestirse con traje de raso negro y solapas de smoking, con una esclavina de marta cibelina negra; poder salir así a la calle y que no tuviera consecuencias. Bernardo entonces interrumpe y nos dice, todo serio, que a él lo que le pierde es cuando ve un desfile de modelos porque se imagina un desfile de ropa eclesiástica con modelos de lujo y una voz en off que va diciendo: “Y aquí una capa pluvial con broche de oro blanco y rubíes, confeccionada en damasco de seda, de color rojo, propia para procesiones en honor de mártires, a juego con roquete blanco acabado en puntillas de guipur. Fíjense en los escarpines rojos también para hacer juego, diseñado todo por …” y así casullas, dalmáticas, mitras, tiaras, camauros, albas, báculos, mucetas episcopales, cardenalicias y papales, tunicelas, estolas, cíngulos en los colores litúrgicos, humerales, amitos, solideos, sotanas negras totalmente, con el ribete y los botones rojos o morados, moradas, rojas, etc. Rodeando la pasarela una cohorte de presbíteros, obispos y cardenales, comentando: “¿Has visto este modelo? ¡Qué pasada. Me lo voy a pedir. Es precioso!” El barullo y la juerga han sido tremendos. Este Bernardo es  único.

Traen los postres acompañados de chupitos de moscatel, rubio, denso y dulce, de Alicante, y rematamos con el café. Cuando ya está servido, viene el dueño y pregunta “Han llegado ¿los hago entrar ya?” Miguel asiente con la cabeza y en un momento me encuentro con un chiquillo muy joven sentado en las rodillas; yo le estoy pasando los dedos entre los rizos rubios de su pelo, que lleva largo y es sedoso y brillante. El ha posado sus ojos en mí cuando ha entrado y se ha venido directo, como si algo le atrajera poderosamente. Supongo que todo es una pose porque habrá sido contratado para esto pero me gusta, me siento bien, relajado, con ganas de darle un repaso a conciencia. A mi lado, Agustín se ha levantado y está metiendo su mano en los pantalones ajustados de otro chico. Miguel tiene a dos cogidos de la cintura y los va besando alternativamente mientras refriega su cuerpo con el de ellos. Pepe se limita a hablar con uno muy alto y castaño; parecen la ele y la o. Ni siquiera me los han presentado. Están acostumbrados a pasar directamente a la acción.

Pasado un instante, Damián, un Inspector de Hacienda, viejo, dice en voz alta que ya es hora de irnos. Me sobresalto, no puedo entender que me pongan la miel en la boca y luego me hagan escupirla. René, el chaval que tengo encima, mueve el trasero provocadoramente sobre mi regazo. No me quiero ir. Ahora no. René se levanta, me coge de la mano y tira de mí; cuando paso al lado de Miguel -ya solo quedamos tres y los chicos que nos acompañan-, me retiene y me dice ¿te vas a ir cuando acabes o pasarás la noche aquí? De golpe lo entiendo: cierran la casa rural para nosotros y podemos quedarnos toda la noche, así que sigo a René cogiéndolo por la cintura y metiendo mi mano en su camiseta. Es joven pero está musculado, y va depilado o bien no tiene vello. Me paro un momento y me como literalmente su boca apretándolo contra la pared. Él se deja hacer pero suavemente se escabulle, saca una llave del bolsillo y subimos al primer piso donde nos espera un cuarto con una cama inmensa, de dos metros de ancha, con cabezal y pies metálicos y dosel con cortinas de muselina. Entro y me abalanzo sobre René. Le beso. Sin embargo, noto que a pesar de que siento un intenso deseo, no tengo una erección completa. El alcohol y los nervios por las novedades la inhiben. Así y todo, René me desnuda lentamente, me empuja a la cama y trabaja el asunto con ahínco hasta que quedo totalmente descuajaringado y satisfecho. Me duermo abrazando el cuerpo de René. Cuando despierto, éste ya no está y me desconcierto. Es tarde pero no tengo misa por la mañana por lo que puedo remolonear cuanto quiera. Me ducho, me visto y bajo. No veo a nadie. No están los camareros. Hay una mujer limpiando la entrada. Le digo adiós. Solo queda un coche desconocido para mí al lado del mío. Miro la casona por fuera, toda de piedra, larga y con solo dos alturas; ventanucos de madera en la parte alta, dintel en arco y puerta grande de madera maciza. No es bonita.


[1] Por el gran parecido de este cantante con un arzobispo español: Rouco Varela.