Vigésimo Cuarta Entrega


Capítulo XII.

“Para terminar, dejad que os robustezca el Señor con su poderosa fuerza. Poneos las armas que Dios da para resistir a las estratagemas del diablo.”[1]
Conchita ha seguido viniendo cada quince días. Ella está como siempre y yo hago esfuerzos para que mi actitud también sea la misma pero no consigo la confianza que había caracterizado nuestra relación. Me siento resentido y días antes de su llegada, el pecho se me inunda de una inquina contumaz que a duras penas puedo reprimir para que no se me note en su presencia. Menos mal que las visitas son cortas.
Las cosas no le van bien. Siente a Pablo cada vez más lejano, como si viviera con un desconocido. Ella, que nunca había compartido ninguna de sus penas, algunos días gasta el tiempo de la visita, no preocupándose de mis asuntos como era habitual, sino contándome los suyos. Yo estoy violento porque no sé escuchar, no sé qué decir, no sé si he de pedir aclaraciones sobre lo que dice. Es curioso, me doy cuenta ahora de que siempre la he utilizado para descargar mis penas pero nunca la he escuchado. Me explico mal, no he escuchado a nadie. No he preguntado a nadie, más allá de la convención social, cómo se encontraba, qué era de su vida, ni he tenido interés real en saberlo. Me quedo callado y, en cuanto puedo, hablo de mí para cambiar de conversación.
Supongo que cuando hago estas cosas, mi interlocutor debe sentirse infravalorado e incomprendido pero no sé hacerlo de otra forma. Me siento incómodo ante las confidencias ajenas. Quizá por eso me gustaba tan poco confesar y no me sentaba en el confesonario salvo que fuera imprescindible y no me pudiera escaquear.
El tiempo en la prisión se me hace rutinario. Me levanto, me aseo, me voy a la biblioteca los días que trabajo, y atiendo a los ordenanzas. Ahora solo hay tres presos que tienen permiso para poder estar allí y estudiar. Uno de ellos, Alberto, es un crío, apenas tiene dieciocho años y ya está en el maco. Tuvo la desgracia de nacer en un bloque del barrio de La Tafalera de Elda, donde sus padres habían ocupado una vivienda. El Ayuntamiento decidió derribar el bloque, de propiedad municipal y en estado ruinoso y lleno de okupas en su mayoría gitanos y el resto inmigrantes, que se dedicaban al negocio de la droguería. Alberto no era gitano ni extranjero pero su padre, alcohólico de profesión, una vez ocu-pada la casa desapareció y dejó a su madre con cuatro críos a su cargo. Cuando los echaron, Alberto ya tenía catorce años y decidió sobrevivir por su cuenta porque su madre tampoco es que se desviviera por él. Se vino a la capital de esta provincia donde pedía limosna en la calle y dormía en un portal envuelto en cajas de cartón. De esa situación a ganarse la vida como camello y chapero solo hubo un pequeño paso. Lo pillaron en una redada con cinco gramos de farlopa y dinero en billetes menudos y lo enchiqueraron. Alberto tuvo mala suerte porque por ese asunto habría entrado y salido del maco en el mismo día pero le tocó un juez estricto que lo tenía en preventiva porque estaba vendiéndola en la puerta de un instituto de enseñanza secundaria. Cuando lo encerraron pensó, cosa rara, que podía aprovechar el tiempo para estudiar el Graduado Escolar. Es un buen chico, un poco gordito e ingenuo, con carita de angelón. El equipo técnico, ante la insistencia del psicólogo, le autorizó a estar en la biblioteca cuando ésta estuviera abierta. Y así le conocí.
El primer día entró medroso y huidizo, acom-pañado del psicólogo. Se me encargó que dirigiera su aprendizaje e informara sobre sus progresos. Le acogí con calidez y le quité el miedo. Poco a poco me fue contando su historia; al segundo día me confesó que no disponía de dinero y le pasé cinco euros. Me dijo que en la calle conocía a un señor que quizá podría ayudarle. Me dijo quién era. Es curioso pero ya no me sorprende nada, quizá he perdido mi capacidad de asombro que es una de las peores cosas que te pueden pasar. Resulta que el tal señor vivía en una Iglesia, se llamaba Marcelino y tenía entre cincuenta y sesenta años. Era uno de sus mejores clientes. Le pagaba una cantidad mensual fija y tenía obligación de ir a verle a la Iglesia donde vivía, que estaba en la parte antigua frente al mercado, todos los jueves a las diez de la mañana. Cuando acababa el servicio se largaba. No había podido despedirse de él ni decirle en qué situación se hallaba. Como no había acudido, este mes no había cobrado y no tenía nada.
D. Marcelino. D. Marcelino. Le recuerdo con el clerygman impoluto, la camisa negra con cuello romano, la piel tersa, la cara ancha y el cabello lleno de canas prematuras, rizado y corto, siempre preocupado porque la tiza no le rayara el negro del traje. Venía, daba su clase de Patrística y se iba sin dignarse a tratar a nadie un poco más íntimamente. Era el profesor más joven que tuve y ya entonces había acabado su doctorado sobre la libertad humana y la providencia divina según no sé qué padre de la Iglesia. Una eminencia en el tema. Continuó de profesor en el seminario y estaba adscrito a una parroquia próxima, en la que en el edificio anexo había una residencia de sacerdotes atendida por religiosas. Publicaba libros sobre el tema regularmente y colaboraba con asiduidad en una revista patrocinada por el Obispado.
Así que D. Marcelino también tenía su punto flaco. Es cierto que cuando nos hemos encontrado en alguna celebración, reunión, comida, siempre le he visto socarrón y “tirando chinitas” si ibas acompañado de algún seminarista o de cualquier muchacho jovencito, pero no me imaginaba yo esto.
Le dije que claro que tenía que recurrir a él, que yo buscaría sus apellidos y la dirección correcta para que pudiera enviarle una carta. Candoroso me preguntó qué cantidad le pedía y yo le dije que lo mismo de siempre, lo que le diera cada mes. No me costó ningún esfuerzo encontrar los datos que prometí buscarle. Él tenía el número de su teléfono móvil. Le medio redacté la carta y le hice poner que había hablado con Remigio, que era un cura estupendo y que se preocupaba mucho por él. Esto último era cierto pero yo deseaba que se lo dijera porque así el tal Marcelino pensaría que Remigio estaba enterado de todo. ¿No estaba yo en la trena? Pues que cada palo aguante su vela, coño, que estoy harto de ver que todos hacen lo mismo y solo lo pago yo.
Ni qué decir tiene que la carta no obtuvo respuesta. Después de una semana de enviada, le sugerí que le llamara por teléfono. Yo no podía acompañarle porque él estaba en el módulo de preventivos y solo nos veíamos en la biblioteca, pero al día siguiente me lo contó. Le dijo que no le llamara más y le colgó el teléfono.
Lo mejor de todo fue que, creyendo yo que del asunto no me enteraría de nada más, al cabo de unos días, Remigio me comentó, sin recelar lo más mínimo, que tenía que hablar con Marcelino ya que éste le había estado llamando insistentemente al móvil pero no había podido atenderle por estar ocupado. Me reí para mis adentros. En este mundo pagarías por saber algo hoy y mañana te lo cuentan gratis. Es tremendo. El mundo no es un pañuelo, es un kleenex y, además lleno de mocos. Supongo que le llama para darle explicaciones de por qué conoce a Alberto y se va a llevar un chasco porque Remigio no tiene idea de nada. En fin, si no va con pies de plomo lo enterará él mismo. Lo que no está nada mal.
Fue mi pequeña venganza contra el mundo. Mezquina y rastrera si se quiere pero venganza. Cuando se llevaron a Alberto me sentí más solo si cabe. Tuvimos una amistad limpia y desigual porque él era más joven, más cándido, más inexperto, más inculto… pero mucho más noble que yo. Era un chico bueno al que la vida lo había traicionado nada más nacer. Pero lo aceptó tal cual sin cuestionarse por qué a él y no a otro. La vida era eso que tenía y no otra cosa. No he vuelto a saber nada de Alberto. Tampoco sé si me habría gustado volver a verlo en otras circunstancias o prefiero quedarme con su recuerdo. Decididamente su recuerdo me basta; creo que de haber tenido más trato, me habría enamorado como un tonto de él. A pesar de que habla diciendo cosas como “asín”, “nos sentemos” -por nos sentamos-, “porque semos personas humanas”, “que me dao una panzá de reir” y otras expresiones por el estilo.
Uno de los días que vino mi hermana a visitarme, la encontré descompuesta. El sufrimiento se le notaba en la cara. Comenzó preguntándome cómo me iban las cosas, si tenía ya alguna noticia sobre el tercer grado, si quería que me alquilase una casa o quería irme a vivir con ella cuando me soltaran. Entonces estalló en una llorera desesperanzada y mansa. Se repuso en seguida, como si no pudiera llorar y menos delante de una persona que la necesitaba. Y como todo el mundo acudía a ella cuando la necesitaba porque daba cobijo a todos cuantos podía, se había acostumbrado a no llorar nunca. Fue un golpe verla así, acabada, ojerosa, desilusionada, sin esperanza, sin confianza. Ella, que había sido mi soporte y el de muchos durante toda su vida. Sacó un pañuelo de papel y se limpió rápidamente las lágrimas y los mocos. Alzó la vista, me miró ya repuesta y me dijo que Pablo se había ido de casa, se había ido a vivir con Margarita, una compañera de trabajo a la que le doblaba la edad. Se lo había dicho el domingo anterior y Conchita no lloró ni le puso mala cara, no se enfadó, no le gritó. Simplemente, como se esperaba de ella, le facilitó las cosas. Le arregló la maleta. Le ayudó a recoger sus pertenencias. Le dijo que ya arreglarían el reparto de los bienes, que no pasaba nada, que esas cosas suceden y es comprensible, que no tuviera ningún recelo, que ella estaba bien, que habrían de avisar a las hijas, pero que no tendría ningún problema con ella… Aguantó el tirón como pudo y fue ya cuando se quedó sola, con el mon-tón de cosas de Pablo guardadas en cajas que dormían en la habitación que hacía de despacho, cuando tomó conciencia de lo sola que estaba. Las hijas fuera. El marido había dejado de quererla. Ya solo le quedábamos los hermanos y el sobrino para tener a alguien a quien cuidar. Nuestros padres habían muerto, las hijas y los nietos estaban lejos, Pablo había desertado.
Si he de ser sincero no me dio pena ver su sufrimiento; me dio un poco de miedo por si dejaba de venir, la necesitaba. La consolé diciéndole que Pablo nunca había estado a su altura, que ella lo había querido mucho más a él que él a ella, que había perdido poco, que se acostumbraría pronto, que… Lo que quería es que acabara cuanto antes este duelo para el que no estaba preparado.
Pues sí, Conchita solo nos tenía a nosotros y, sobre todo, a mí. Pasó de venir cada quince días a venir cada semana. Estaba como siempre, como si no hubiera pasado lo de Pablo. Dios mío ¿es que no tenía sentimientos? ¿es que había hecho de su vida una entrega total y desinteresada a los demás? ¿es que le daba igual? Cuando pienso en la vida de Conchita pienso en el pasaje evangélico que recomienda que de lo que haga tu mano derecha no se entere la izquierda, y sé que ella lo cumplía. Durante toda su vida sirvió de soporte a los que la rodeamos, sin decirlo, sin darle importancia, sin querer cobrarse el servicio, sin esperar reconocimiento.
Mi vida ha seguido igual. Pablo había venido sólo dos veces a verme, así que no le echo de menos.
Al comienzo del verano, he pedido el régimen abierto porque he cumplido más de un cuarto de la condena pero como las cosas de palacio van despacio hasta el comienzo del invierno no he tenido noticias. El Centro Directivo, a propuesta de la Junta de Tratamiento me concede el tercer grado y me busca un trabajo como vigilante de un centro comercial. Debo volver a dormir a la cárcel. A pesar de que Conchita me aconseja que lo acepte yo me niego. O Remigio consigue que me dejen no volver a dormir o no abandono mi chabolo. No quiero que me vean en esa situación. Aquí dentro somos todos iguales. Fuera no y, además estoy expuesto a que en un centro comercial me vea alguien que hubiera conocido antes. Decididamente no, máxime cuando no necesito trabajar. Al fin y al cabo, el Obispado sigue ingresándome el salario de sacerdote diocesano que, prácticamente es lo mismo que percibiría como vigilante ya que tendría que pagar el transporte de mi bolsillo. Se lo explico al asistente social y no sé si me entiende o no pero no voy.
Manolo ha venido a verme y se lo he contado. No me ha dicho nada pero le noto  triste. Manolo, que sabe lo que he hecho aunque nunca lo hayamos hablado. Manolo, al que no he podido engañar nunca porque entre lo que yo le cuento, lo que recoge por ahí y lo que imagina siempre ha sabido de qué iba la cosa. Manolo, al que le tocó trastocar toda su escala de valores para aceptarme tal y como soy. Manolo, que no me ha fallado nunca, se ha quedado callado y me mira con conmiseración. Sufre conmigo. A él se le nota. A Conchita no. Quizá sea el mejor amigo que he tenido nunca aunque yo no pueda quererlo igual. También lo amo, eso es cierto, porque se lo ha ganado con creces. Es el padre que yo habría querido tener y me ama como debe quererse a un hijo, aceptándolo totalmente. A veces me sermonea sabiendo que no va a conseguir nada. Hoy ni siquiera lo ha hecho. Me ha dicho: lo que más te convenga y, si me necesitas para algo, ya lo sabes.
Estoy seguro de que Manolo no ha hablado con nadie de mi situación, no le ha contado a nadie que viene a verme. Es posible que no lo sepa ni su mujer. Bueno, no, porque desaparece de casa un día al mes y es preciso que justifique su ausencia.
Cuando Manolo se va, tengo que ir al comedor a cenar y luego me acuesto. Al día siguiente dejo recado para que Remigio venga a verme. El domingo, cuando voy a oír la Santa Misa, le veo. Le digo que quiero hablar con él y me dice que vendrá a verme a la biblioteca el lunes.
Hoy lunes, después de los saludos de rigor, nos retiramos un poco del alcance del oído de los dos presos que quedan ahora con permiso para estar estudiando en la biblioteca y le digo que me han concedido el régimen abierto pero volviendo a dormir a la cárcel y estando en ella un mínimo de ocho horas. ¿No podría hacer algo él y que me concedieran la posibilidad de irme sin tener que volver por la noche aunque fuera poniéndome un brazalete electrónico para saber dónde estoy o, en el peor de los casos, que pudiera cumplir el resto de la condena en el piso que él tiene en su parroquia para drogatas? Hombre, podría ser pero el problema es que tú no eres drogata, pero, claro, siempre podríamos buscarte un trabajo allí como cuidador aunque el sueldo sería muy bajo o no podríamos darte nada sino que pasarías a ser voluntario, pidiendo que te quedaras allí por la noche porque me haces falta. No te preocupes que lo voy a mirar, que como tienes muy buena reputación entre los funcionarios y no eres un preso peligroso, seguramente lo concederán. Si tú te avienes, claro, a trabajar con esta gente porque no es sencillo. Ten en cuenta que son ex drogadictos sometidos a una disciplina férrea para que no vuelvan a caer y a veces se rebelan y hay que saber ser duro y firme y a la vez parecer interesado y encariñado con ellos, tienen un sexto sentido para conocer quién los aprecia de verdad y quien hace meramente su trabajo, a mí me gustaría porque tú estarías mejor pero también porque me ayudarías.
Jolín, no era tan sencillo. Había que currar con drogatas o ex drogatas teniendo cuenta de que hicieran sus tareas, acompañarlos a casi todas partes, y vivir inmerso en un submundo que ni conocía ni me interesaba conocer; ya era demasiado conocer el submundo de la prisión. Pero era mi única salida y le dije que desde luego que me encantaría porque, además, me dará la oportunidad de conocer otros mundos más heavys que el mío y podré valorar lo que Dios me ha dado y agradecérselo.
Dios. De Dios no me acordaba ni poco ni mucho. En los últimos meses no rezaba y solo sentía añoranza del olor a incienso y cera, de los ornamentos y vestimentas, de la puesta en escena, de mi salida al presbiterio, de los golpes de efecto en la voz, en la decoración, en el rito…, de que todo el mundo supiera quién soy, de que me saludaran por la calle, de que me obsequiaran, de que me tuvieran en cuenta para casi todo. Me había convertido en una persona gris y sin futuro porque ¿qué podía esperarme fuera de aquellos muros? No volvería a ser quien fui ni en el improbable caso de que me dejaran seguir ejerciendo un ministerio activo porque me destinarían como adscrito a alguna parroquia donde podría volver a decir misa sin ninguna otra tarea que realizar. Ningún protagonismo.
Después de hablar con Remigio, cierro la biblioteca porque ya es la hora y me dirijo al comedor. Mi compañero de celda no ha venido a comer pero no le doy más importancia. Cómo con nerviosismo e intranquilidad por la incertidumbre de mi futuro inmediato. Me voy a hacer la siesta a la celda y al abrir la puerta le veo balancearse con los pies desnudos, las sandalias caídas en el suelo, la mesita de noche panza arriba sobre los dos colchones, uno encima del otro, sacados de su sitio y puestos en el centro del cuarto. No puedo reprimir el mirar inmediatamente hacia arriba y me doy de morros con los ojos saltones de Félix que se le salen de las órbitas y me miran de hito en hito sin expresión, su cabeza lívida y ligeramente ladeada, la lengua cianótica y salida de la boca por donde cuelga una baba rosácea y espumosa, los párpados y los ojos con puntos rojinegros de sangre, y el cuerpo colgando exangüe e inerte. Se ha ahorcado haciendo una trenza con trozos de sábanas y la ha sujetado en una de las vigas de hierro del techo. Para hacerlo ha tenido que romper la talla y pasar la trenza por allí. Luego la ha amarrado al cinturón, ha hecho un lazo corredizo, se lo ha puesto al cuello y ha dado una patada a la silla en la que se había subido.
Todo ha sucedido en un segundo; le veo, siento pánico y salgo de la celda dando alaridos de miedo. Me veo, sin poder dejar de gritar, en el suelo del pasillo, un poco más allá de mi cuarto, con internos rodeándome y otros mirando al ahorcado por el vano de mi puerta. Me tapo la cara con las manos, sacudo el tórax arriba y abajo y grito con todo el fuelle de mis pulmones. Lo siguiente es que acuden funcionarios, disuelven a la gente, cierran con llave el cuarto y cargan conmigo para llevarme a la enfermería. Mientras me dejo conducir no dejo de aullar. No es pena por Félix, es miedo a los recuerdos, es temor de Dios, es sentimiento extremo de culpa, es una loca desesperación que se ha adueñado de mí y me posee, es deseo de pasar a otra dimensión donde no recuerde nada de mi vida, es encomendarme a Dios Misericordioso para que me acoja en su seno cuando llegue mi hora como le llegó a Félix y tengo llena la mente de otra cara, de otro cuerpo, que no quiero visualizar pero que se aferra a mí como un sambenito de condena. El enfermero me pone una inyección sin molestarse en quitarme la ropa y poco a poco voy sintiéndome más flojo, más fofo, más endeble, mis ideas escapan, mis recuerdos me abandonan y pierdo la noción del entorno.
Al despertar estoy cansando, agotado, como cuando aquella vez trabajé desde el amanecer y, al acabar, no podía moverme. El estómago me pesa una tonelada y ese peso me reconcome. Tengo también la misma sensación de impotencia y culpa que entonces. No es arrepentimiento porque no he querido hacerlo pero ha salido así. Félix ha querido morirse. Me lo encomendaron. Me lo pusieron en la celda porque tenía que estar acompañado de alguien que pudiera disuadirle de sus posibles ideas suicidas. No hice todo lo que pude. Me limité a aceptar pensando que no tenía que hacer nada, que solo con mi presencia Félix seguiría viviendo sin problemas; no me planteé si tenía algo que hacer. ¿Es culpa mía? No lo es pero sí que he coadyuvado a que esto pasara no por mi acción sino por mi omisión. No le he cuidado, no he sabido ver su estado de ánimo. Me aclamo a Dios. Recito con arrebato, “Yo pecador, me confieso a Dios todopoderoso, a la bienaventurada Virgen María, al bienaventurado San Miguel Arcángel, al bienaventurado San Juan Bautista…”.
Pasa el médico a ver a los que estamos en la enfermería y le pido que no me devuelvan al mismo chabolo, que no puedo estar allí con el fantasma de Félix balanceándose al extremo de un cinturón atado a una trenza de sábanas de color azul claro, que, cuando cierro los ojos, solo puedo ver su lividez, la protusión de sus globos oculares mirándome sin expresión y su lengua amoratada colgando, que no me abandone, que tenga piedad de mí. Me dan pastillas que tomo sin preguntar. Paso tres días completos en la enfermería hasta que el médico dice que estoy repuesto del ataque de pánico que tuve. Repuesto. ¡Qué sabrá él de qué me tengo que reponer!
Remigio vino a verme a la enfermería y me trajo al Señor. Comulgo y pienso en la grandeza de este misterio, de este sacramento. Es Dios mismo que se me da como alimento a mí que soy un pobre hombre, que no he sabido hacer de mi vida otra cosa que una perpetua decepción, que no le merezco, que solo por su Misericordia puedo salvarme. Doy gracias a mi Señor Jesucristo por la merced que me hace de venir a visitarme y le imploro que me ayude a que mi vida sea otra. A cambio prometo que haré todo lo que esté en mi mano para que ese cambio se haga realidad. Se acabó la tristeza, se acabó el sexo mercenario, se acabaron los rencores. Voy a comenzar una nueva vida de esperanza y renacimiento. Al fin y al cabo, algo valdré cuando el Señor se fijó en mí y me llamó al sacerdocio.
Por lo menos me han hecho caso y me envían a otra celda. Ellos mismos trasladan mis cosas para que no tenga que volver. Esta vez me dejan en una individual, lo cual agradezco profundamente. Puedo ver la mano oculta de Remigio en mi cambio. Le pido confesión general. Me arrodillo a su lado; él me dice que me levante, que me siente en el mismo banco pero no quiero. Necesito humillarme ante Dios Padre para que me reciba otra vez en su seno. Postrado ante Dios, voy relatando todos mis pecados y Remigio, representando en ese momento al Señor, escucha la larga historia de los fallos de mi vida sin un gesto, sin un reproche, como si todo lo que le digo fuera el pan nuestro de cada día, lo más normal del mundo. Me da la absolución recitando, en voz baja, la fórmula: “Dios, Padre misericordioso, que reconcilió consigo al mundo por la Muerte y la resurrección de su Hijo y derramó el Espíritu Santo para la remisión de los pecados, te conceda, por el ministerio de la Iglesia, el perdón y la paz. Y yo te absuelvo de tus pecados en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.”. Me impone penitencia: rezar dos veces el breviario cada día. Por mi condición de sacerdote tengo la obligación de rezarlo una vez al día. Remigio, por penitencia, me impone dos durante un mes al menos.
Al levantarme soy un hombre nuevo. Me llego a la celda y abrevo en los salmos del rezo litúrgico. Orar me reconforta. No puedo ir a la capilla si no es el domingo en hora de misa pero como ahora estoy solo en la celda, puedo dedicarme a meditar y a orar en silencio. Es una oración contemplativa, en la que trato de fundirme con el Eterno, hacerme tan pequeño que me confunda con su Ser y solo no siendo pueda ser.
Los días no son tan aburridos. He renacido en una especie de ilusión por Cristo, porque llegue a mí su reino que nos prometió tan próximo; ese reino que está aquí y que hay que ir haciendo día a día. Ese reino que los primeros cristianos creían que iba a acabar con este mundo en pocos días y que ellos lo iban a ver. No hemos comprendido aun que ese mundo hemos de construirlo los hombres y cuando lo tengamos en marcha será cuando se producirá la parusía para gloria de Dios y felicidad nuestra. No puede ser antes porque nuestros corazones no están preparados ni merecen la venida de Jesús.
Voy a la biblioteca y ayudo en lo que puedo a los dos presos que me quedan. El primer día después de lo de Félix se chotearon de mí diciéndome que era un moña, que hacía perla en seguida. Como en mis mejores tiempos, atimbré la voz y me atreví a contestarles preguntándoles qué sabían ellos de mi vida para decir eso, que si se creían mejores que yo, que les respetaba fueran como fueren pero que ellos también me debían un respeto, a mí y a mis debilidades. No sé si fue que les caló el discurso, mi disposición a no dejarme amedrentar, a que Dios estaba conmigo -bueno, Dios ha estado siempre conmigo, he sido yo quien no he sabido estar con Él-, pero callaron y no volvieron a decirme ni media sobre el tema. Es verdad que cambié mi comportamiento a una actitud más servicial, menos envarada, no los miré más desde la altura sino a su nivel y conseguí que no hubiera más pullas. Hasta entonces mis relaciones con todos los demás internos habían sido inhibidas y cautas, había estado allí todo este tiempo aislándome, sin hacer siquiera un amigo verdadero. Milagrosamente no llegó a enterarse nadie de que era sacerdote ni de cuál era mi delito. Me habría gustado salir de allí y no volver a ver a nadie pero eso no podía ser y me prometía a mí mismo una estancia en el piso de acogida de los drogatas de lo más desesperante. Ahora aceptaba mucho más resignadamente mi destino y ya no me parecía tan malo. Desde el suceso de Félix y mi confesión, ayudé a decir misa a Remigio todos los domingos, como un simple acólito pero feliz de mis funciones al servicio del altar.
Remigio me dijo un domingo de primavera que me habían concedido pasar el resto de la condena en el piso de acogida que regentaba, trabajando allí de voluntario como cuidador de los exdrogadictos y estando sujeto a un horario disciplinario pero pudiendo salir a ver a la familia, al cine o adonde quisiera, siempre que lo comunicara a los educadores del centro y cumpliera con los horarios y los compromisos. Al cabo de tres días, me lo comunicaban oficialmente en las oficinas. Podía comenzar a hacerlo desde el jueves siguiente 
Se lo dije a Conchita, a Manolo, a Ricardo y a Benito. Me despedí de los funcionarios y de los internos con quienes tenía trato. Todos me desearon lo mejor y el jueves siguiente cogí mi maleta, subí al coche de Remigio cuando éste se iba y dejé atrás una etapa de mi vida. El sol calentaba ya y el campo estaba reseco porque ese año no había llovido casi. Los campos tenían hierba pajiza en los ribazos y solo en las riberas de las acequias o de los ríos se veía algo de verde. Esta vez también sentí mareos cuando pude mirar a la lejanía. Al llegar a la finca donde se ubicaba mi futura vivienda compartida, Remigio me ayudó a bajar, a subir en el ascensor, me llevó la maleta hasta mi cuarto y me aconsejó que me acostara, que él mismo me llamaría para cenar. Remigio vivía arriba mismo del piso de acogida, en otra vivienda también propiedad de la parroquia. Había quedado con Conchita, Manolo y Ricardo que les llamaría cuando estuviera fuera pero hasta el día siguiente no tuve fuerzas para hacerlo. Me habían devuelto el teléfono móvil pero no funcionaba. La batería se había agotado.


[1] Carta de San Pablo a los Efesios, 6, 10-12

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