Vigésima entrega



Mis tomas de posesión, -porque tuvieron que ser tres, una en cada pueblo- fueron vistosas y coloristas, con todos los detalles previstos. La primera fue en Vallenegro por ser el más grande pero en todos fue igual. Llegué a las seis de la tarde con la sotana impoluta y planchada. Estrenaba todas las prendas que vestía y había ido a cortarme el pelo para estar perfecto. La banda de música acompañando a las autoridades locales -Alcalde, Concejales y Juez de Paz- me recibió a la entrada de la población. Venía conmigo el Vicario episcopal de aquella zona, Adrián, para presentarme oficialmente y me esperaban diez sacerdotes más, unos amigos y otros compañeros del arciprestazgo. También me acompañaron unos pocos fieles de la parroquia donde pasé el verano y otros pocos, con D.Gonzalo al frente, de mi propia parroquia. El cortejo subió por la calle mayor hasta llegar a la plaza de la iglesia. Las puertas abiertas del templo me esperaban con una multitud a los lados de la entrada. Fuimos directos a la casa rectoral, enfrente del templo, que, por lo que pude ver, se hallaba muy maltrecha. Se revistieron todos con alba y estola salvo Adrián y yo que vestimos casulla. La de mi ordenación, que tanto esfuerzo económico me supuso, epató a los presentes por el tejido y su sencilla elegancia. Salimos en procesión, cumpliendo exactamente los protocolos, todos los sacerdotes en dos filas por orden de edad, los más jóvenes primero, los últimos Adrián y yo; él por ser el de mayor dignidad y yo porque la fiesta era mía. Al entrar en el templo el armonium comenzó a sonar. No cabíamos todos en el presbiterio y alguno de mis compañeros tuvo que quedarse en la nave en unas sillas que se habían dispuesto para ellos. Concelebramos la Santa Eucaristía, pero aquel día no estaba yo para concentrarme demasiado en el aspecto espiritual pues mi atención se dirigía a que todo saliera correctamente. Le había pedido a un compañero que actuara de diácono y así fue. Adrián me presentó al pueblo y les recordó sus obligaciones para conmigo. Después de la misa, les dirigí unas palabras        -que me había preparado cuidadosamente- invocando primero a las autoridades y después al resto, recordándoles que el párroco está para servir y que podían contar conmigo para todo lo que necesitaran. Hice una pequeña exposición de mis intenciones, con generalidades al uso para no comprometerme demasiado y, al final, hubo un pequeño refrigerio abierto a todo el pueblo. Normalmente, a ese convite solo asistían los elegidos pero yo anuncié a todos los alcaldes que deseaba abrir la Iglesia a todo el mundo e insistí en que esa apertura debía comenzar en el mismo instante de mi entronización.

Las tomas de posesión me salieron bordadas. La gente salía diciendo: “Precioso, precioso… qué bien lo ha hecho”. Muchos me abordaron para presentarse, para darme la bienvenida, para felicitarme, para ofrecerse. No podía quejarme. El sueño de toda mi vida se había hecho realidad. En aquellos momentos me di cuenta de lo que significa un cura en un pueblo pequeño. Formas parte de las fuerzas vivas y, aunque ahora ya no es lo mismo que años atrás cuando al cura se le pedían informes de bondad sobre cualquier persona que pretendiera algo del Estado, entonces, en aquellas poblaciones menudas y aun algo aisladas, el párroco es, de facto, una autoridad, a veces con más potestades que las oficiales. A partir de ese primer día, me sentí como pez en el agua en mis nuevos cometidos y fui afianzando esa primera impresión de que, solo por ser quien era, la gente me suponía bondadoso, sensato, prudente, discreto, piadoso, caritativo, confiable y adornado con muchas otras cualidades.

Sobre todo me sentí valorado y las relaciones con los demás pasaron a ser de desigualdad: yo me hallaba en un plano superior, más incluso que los munícipes. De hecho, los Ayuntamientos en pleno me invitaban como a una autoridad más a todos los festejos y celebraciones que había. No asistía siempre por no prodigarme demasiado y que creyeran que reconocía su superioridad. No, tenían que ser ellos los que comprendieran que yo era el líder espiritual y, por lo tanto, tenía poder para decirles lo que estaba bien y lo que estaba mal, así como lo que se esperaba de ellos. Por supuesto, jamás lo hice pero, en mi actitud dejaba ver que partía de esa premisa. Y así, cuando el primer año me invitaron a redactar un saludo al pueblo en el Libro de las Fiestas les entregué el escrito directamente a los alcaldes encareciéndoles que no tocaran ni una coma de lo que había puesto y que quería que se publicara exactamente después de su propia salutación, antes de las palabras de los concejales, ya que las fiestas eran laicas -si hubieran sido religiosas, mi escrito habría sido el primero, claro- y con mi mejor foto al lado. Todos aceptaron sin preguntarse, tan siquiera, si me correspondía tal puesto; lo daban por supuesto.

Como es lógico tuve que quedarme a vivir en Granalita, en una casa destartalada y fría. Adrián vino a verme casi en seguida de haberme instalado y me explicó un poco cómo estaba la situación en cada pueblo. Me dijo que los pueblos, a pesar de su aparente pobreza, daban para vivir holgadamente pues la poca industria existente hacía que no hubiera desempleados ni bolsas de pobreza. La gente solía trabajar en una de las fábricas y, en los fines de semana y vacaciones, cuidaban la tierra que poseían. Predomina el minifundio, así que está muy repartida. Solo unos pocos dedican todo su tiempo a la hacienda bien porque es grande bien porque ellos son vagos.

Mis padres y demás familia me acompañaron en esta entrada. Conchita vino con Pablo y sus dos hijas ya casi saliendo de la adolescencia, Carolina seguía como siempre, sin trabajar, viviendo en casa de mis padres y a su costa y ocupándose un poco de la casa y de ellos, frecuentando amistades de la farándula y sin preocuparse de cuál podría ser su futuro. Vivía, sin más. Siempre fue una descerebrada aunque todo hay que decirlo, cariñosa y dulce, y guapa.

Cuando me hube acomodado en la casa abadía de Granalita vinieron a conocerla. Tenía una planta baja dedicada a garaje y una vivienda en el primer piso. La mandé pintar. Reparé la cocina y el cuarto de baño alicatando las paredes y cambiando picas y sanitarios. Aunque tenía muebles, eran baratos y estropeados, así que me las agencié para sustituirlos paulatinamente y poner cortinas a mi gusto. Se me ocurrió decir al finalizar una misa que si alguien tenía muebles viejos que me los diera. Aquello pareció una procesión: todos querían enseñarme algo por si podía aprovecharlo. Y fui casa por casa viendo todo aquello que me ofrecían. En muchos casos me hacían entrar en la cambra, el granero o el corral y descubría verdaderos tesoros cubiertos de polvo o gallinaza. En alguna ocasión hasta les dio vergüenza darme lo que elegí y cuando lo volvieron a ver no lo reconocieron.

Al ver el resultado de mi petición en Granalita, lo repetí en Aguabuena y en Vallenegro con iguales beneficios. Salvo dos o tres muebles y objetos de decoración que he comprado con posterioridad, mis mejores muebles salieron de estos pueblos y del de mi siguiente nombramiento.

No todos ignoraban el valor de lo que escogí pero unos porque no tenían intención de remozarlo por el coste o por pereza y otros porque querían ganar puntos ante mí, han sido muchas y muy buenas las piezas que he reunido. La gente de iglesia, la feligresía tiene, casi siempre, una idiosincrasia particular; hay una porción que no acude a misa los domingos pero van a las bodas, a los entierros, a las comuniones, incluso a la procesión o a las fiestas patronales, otra masa que asiste a la eucaristía del Día del Señor pero no forman parte de ningún grupo parroquial aunque ayudan económicamente mediante aportaciones en la bandeja. Si les pides algo que no les cueste mucho, la mayoría se desvive por darte gusto. Luego hay un círculo más cerrado de los que participan también en actividades parroquiales: catequistas, cofrades, lectores, en grupos de oración, de problemática matrimonial a la luz del evangelio, de enseñanzas bíblicas… La yema del huevo la componen los del Consejo de Pastoral, Junta de Economía, Grupo de Liturgia, etc. Los miembros de estos últimos grupos procuran tenerlos cerrados a cal y canto para que no ingresen advenedizos y todos, por lo general, rivalizan a ver quién tiene más amistad y confianza con el cura: te invitan a comer, te hacen regalos -que he aceptado siempre sin ningún rubor, aunque fueran en metálico- te facilitan la vida -uno te arregla el ordenador, otro te hace la declaración de la renta, la de allá te lava la ropa o te la plancha o te vienen a arreglar una gotera de la casa… Todo como donación voluntaria de su tiempo a un miembro de la Iglesia de Dios. Pronto me acostumbré a este desvelo y me abandoné a sus cuidados. Comencé a hacerme de rogar, a llegar tarde cuando me invitaban, a no molestarme en recordar lo que me pedían, a dilatar entrevistas… Pero es igual, tienen tan interiorizado que la Iglesia es divina pero el sacerdote es humano que todo me lo perdonaban. Solo de algún malasombra con quien procuré no tener más trato, me tuve que oír algún reproche.

Así he conseguido poseer un cabecero de cama grande, de matrimonio, de finales del siglo XIX, estilo Fernando VII, de madera de caoba con dos columnillas torneadas laterales rematadas en una cruz finísima. La marquetería, de nácar y palosanto, en la parte alta, dibujaba la M coronada que mostró la Virgen María en su aparición a Sor Catalina Labouré en París para que se pusiera en el reverso de la medalla que le mandó hacer. Rodeando la M, guirnaldas de flores y hojas, y todo ello enmarcado por la madera recortada en curvos dibujos. El cabecero, cuando lo vi, servía de anaquel en una cuadra sobre dos vigas salientes de la pared y lo utilizaban para dejar encima los aparejos de los animales que ya no existían pero cuyos pertrechos se negaban a tirar.

El arcón del recibidor lo descubrí en un antiguo gallinero y con toda la suciedad del mundo encima. Cuando lo pedí me contestaron que a qué santo, que ellos me comprarían uno nuevo, que aquel no estaba de recibo. Contesté que no hacía falta, que aquello me bastaba, que si no lo necesitaban… Me lo trajeron a casa después de lavarlo con agua y jabón. Era de nogal, estilo renacimiento, con una abultada talla en el frontis que representaba, en tres medallones, la Tríada Capitolina: Júpiter a caballo con el águila y el rayo, Juno llevando un pavo atado con una cinta, y Minerva con la lechuza al hombro. Se apoyaba en unas patas de león que sostenían a dos legionarios romanos que flanqueaban los lados del mueble.

Y así me fui haciendo con un cómoda estilo Regencia, francesa auténtica, con prominentes herrajes de bronce y encimera de mármol verde cashmere, unas peanas para colocar jarrones con columna de pirámide truncada invertida y base cuadrada, una credencia de roble, un platero alfonsino, una mesa de despacho victoriana -a la que tuve que reponer el tapete de piel verde con cenefa de oro-, dos sillas isabelinas de caoba, dos butacas Luis XV, azulejos muy antiguos -qué enmarque en rústico….

Hube de restaurarlo todo y tapizar algunas piezas pero valió la pena. Solo he comprado la mesa del comedor, el sofá y las cortinas, aparte, claro está, de muebles para cuarto de baño y cocina. Una nadería comparada con lo que obtuve. Los gastos de restauración y adecentamiento los pagaron las parroquias. Una vez al mes recordaba a la feligresía las tareas que debíamos emprender o teníamos ya en marcha, el gasto que ello suponía y la obligación de los fieles de sostener las necesidades de la iglesia. La gente respondía más que generosamente a mis llamados y de no ser porque siempre anduve con proyectos entre las manos, habríamos tenido sobrantes todos los años.

Pero la cuestión era que en todos los pueblos se necesitaban obras o reparaciones. En Aguabuena no hizo falta decir nada. Ellos querían que el párroco residiera allí y no en Granalita, así que los fieles más allegados vinieron a proponerme construir una casa rectoral en condiciones. Al frente de la comitiva venía Facundo, propietario de una de las industrias de confección de la localidad, ofreciendo un generoso donativo para tal fin. A él se sumaron muchos otros y pronto vi la viabilidad del proyecto. Ahí disfruté porque desde los planos del arquitecto hasta los acabados tendría la suerte de elegirlo y supervisarlo todo. Me decanté por una rehabilitación completa de la ruina que nos quedaba porque era una casa con nobleza antigua y escudo de piedra en la fachada, con la puerta de más de tres metros de alta, de mobila tallada, y bajos forrados de latón verdoso ya por el tiempo y el descuido, rejas enormes en las ventanas de los lados, un primer piso noble también de techos altos con balcón corrido de forja florida en arabescos haciendo juego con las rejas de abajo y un desván de techos inclinados con la pared maestra en medio que dejaba dos espacios diáfanos.

En Vallenegro nadie dijo nada y, como a mí no me hacía falta ni quería la casa allí, tampoco menté el asunto. Pero en Vallenegro teníamos tres óleos mugrientos y con el marco desvencijado que, aunque no llevaban firma, enseguida reconocí como de la escuela de Murillo. Cómo habían llegado a semejante sitio y estado era una incógnita. Me dijeron que, en la guerra, alguien los escondió para que no los quemaran y los dejó en una cuadra. Después resultó que nadie atacó la iglesia pero los cuadros permanecieron ocultos hasta que el hijo del que los cogió los descubrió en su casa y los devolvió. ¿Se los llevó para preservarlos o para venderlos? Porque lo cierto es que el hombre era un comunista de pro que, en la postguerra, estuvo preso por motivos políticos. Poco importaba. Había que restaurarlos porque incluso una de las telas tenía un rasgón en un lateral. Representaban la crucifixión de San Andrés, con su cruz en aspa, a San Lorenzo en la parrilla de su tormento, y la Asunción de la Virgen, con unos angelitos monísimos que Dios había enviado para su traslado al cielo y que la portaban sujetándola por los pies, apoyados en una nube.

Tres años me costó construir la casa abadía en Aguabuena. Tiempo de ilusión y felicidad pero también de tensiones. Surgieron los primeros enfrentamientos. Que si resultaba muy caro, que si había que cambiar la distribución por poco práctica, que si necesitaría un garaje y salones parroquiales, que si costaría menos echarla a tierra y hacer una nueva más moderna, que si… que si… Me enfadé y como la Junta de Economía -si existe- es únicamente consultiva, impuse mi criterio: la casa se hacía respetando hasta el más mínimo detalle con la salvedad de modernizar la cocina, y hacer tres cuartos de baño, uno abajo y dos arriba. Si no había garaje, dejaría el coche en la calle y si no teníamos locales parroquiales haríamos las reuniones en el templo o en casa de alguien pero yo o el cura que hubiere no estaba obligado a aguantar el tener la casa abierta a todo el mundo con la pérdida de intimidad consiguiente. Y si resultaba caro, hipotecaríamos la finca. ¿Qué se pensaban? ¿que ellos tenían el mando? No, no señor. La decisión era mía y la obligación de pago del pueblo entero. Y la finca, del Obispado, por supuesto. Además, lo que se hablaba en las reuniones de la Junta era secreto y nadie podía divulgarlo, así que la gente no se enteraría de casi nada. Fue entonces cuando comprendí el poder de la palabra. Si tú le dices algo a alguien con la suficiente convicción lo más normal es que te crea, aunque sea algo improbable o irracional. Como no quería que a nadie se le ocurriera ir al Obispado con el cuento de que estaba gastando demasiado, de vez en cuando comentaba, que en todas las quejas que llegaban al Obispado lo único que éste hacía era remitir la carta al propio párroco denunciado para que supiera con quien se las tenía que ver. Es algo ilógico que la jerarquía actúe así pero de esta forma he podido impedir, casi siempre, que nadie fuera a decir nada de mí. Hasta el punto de que yo mismo acabé creyendo mi propio cuento y después, a lo largo de mi misión pastoral, he tenido un sentimiento de impunidad absoluta cuando he hecho ciertas cosas. Sabía perfectamente que lo que hacía no era bueno pero creía firmemente que mi Obispo me arroparía y jamás me descubriría.

La fachada de la casa estaba a la vista: la mandé pintar de rojo vino, combinado con el color natural de las piedras de sillería que había en las esquinas, ventanas y en el pórtico rematado con el escudo, limpias con chorro de arena. El escudo era sencillo y se pintó: en un campo de azur, la travesa separaba una venera y una flor de lis, ambas doradas. El timbre del escudo representaba una cabeza de armadura en plata adornada con lambrequines muy simples. Me quedó una mansión admirada por todos. Invité al pueblo a visitarla y las alabanzas al trabajo bien hecho y a mi exquisitez para la decoración fueron profusas. Se les olvidó que había que pagarla.

Solo turbó mi paz en este periodo de ilusión y proyectos un hecho puntual que ocurrió en mi familia aunque a cada miembro le afectó de forma diferente. Mi madre me llamó por teléfono unos días antes de las segundas Navidades que celebraba; lloraba a moco tendido, cosa inhabitual en ella tan comedida y sufridora siempre. Entre hipos y gemidos me enteró de que Carolina le había dicho que se iba a vivir a Filipinas con un bailarín. El enojo y la ira hizo presa en mi alma y, en vez de intentar calmar el sufrimiento de mi madre, le grité: “Dile que se ponga que le voy a decir cuatro cosas”. Carolina no se puso al teléfono, no quiso, así que seguí chillándole a mi madre que eso lo veríamos, que primero tendría que hablar conmigo, que era inaceptable, que qué iban a decir de mí mis feligreses si mi hermana, sin casarse, se iba con un hombre… No sé el rato que estuve desgañitándome, como si hablando más alto tuviera más razón. Cuando colgué me invadía el estupor por lo insólito de la pretensión. Me calmé y comencé a preguntarme la causa, el objeto, la persona y las demás circunstancias de tan inaudito viaje. Pero no quise llamarla. Carolina era tenaz como un asno de noria y cuando calculó que ya no me quedaría rabia en el cuerpo vino a verme. Arreglada, con su negra y rizada melena suelta, maquillada, bien vestida y luciendo su increíble figura, entró un jueves en el templo de Granalita en medio de la misa. Sabía que si nos veíamos en esas circunstancias yo no podría cargar contra ella en cuanto la tuviera al alcance y el tiempo que pasara hasta que nos quedáramos solos jugaba en su favor porque iría calmándome. Después en la Sacristía ya no la increpé de mala manera. Le di un beso en la mejilla y me pidió hablar conmigo. Fuimos a mi casa. Allí me contó que había conocido a Joaquín, de nacionalidad filipina y raza oriental, porque formaba parte de una compañía de baile español y no sé quién se lo había presentado, que había sido amor a primera vista y que, como el contrato de Joaquín acababa a final de año, había decidido irse a su tierra, que sus padres tenían dos hoteles y estaban en muy buena posición, que allí se casarían, que vivirían en la ciudad de Batangas en cuya costa se ubicaban los hoteles de sus padres y que él trabajaría allí porque estaba harto de dar tumbos por el mundo.

Traté de disuadirla de mil maneras: no te vayas con él porque no le conoces lo suficiente, busca un novio español y no un tagalo que tus hijos van a salir tarados ya por su aspecto de extranjero pobre, su país está muy lejos y no podrás ver más a tus padres y hermanos, si te va mal no podrás recurrir a nadie porque estarás sola, la situación filipina está fatal porque Marcos[1] no quiere abandonar el poder y va a haber una revolución, al menos cásate antes y no me dejes en mal lugar… Ella se limitaba a sonreírme con dulzura y cuando me cansé de darle argumentos que no se dignó discutir, me dijo que Joaquín le había enseñado una foto de la casa que sus padres habían comprado para el día en que se casara, y era preciosa y estaba deseando instalarse en ella. Y siguió su parloteo sobre su estilo colonial español, lo buena que parecía y otras apreciaciones suyas... que llegaba a mis oídos amortiguado y como lejano porque no lo atendía-. Se despidió afectuosamente y prometió que me presentaría a Joaquín y que seguro que congeniaríamos.


[1] Dictador filipino que abandonó el país hacía el exilio el 25-febrero-86, después de haber gobernado más de 30 años.